Hace algún
tiempo leí en el Diario unas
declaraciones del ex Jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD) Julio
Rodríguez donde manifestaba haber sido “un militar progresista”. Podría haber
dicho que era un militar de izquierdas porque en España, lamentablemente, son
términos sinónimos.
Personalmente
me parece irrelevante el pensamiento político de un militar, lo mismo que no me
preocupa su estado civil o su religión. Lo que sí me parece del máximo interés
es que dedique su esfuerzo a cumplir las funciones que la Constitución encomienda al conjunto de las fuerzas armadas.
Militares
como Eisenhower, Patton o Montgomery no han pasado a la historia por su ideología,
sino por haber llevado a los ejércitos de sus países a la victoria. No menciono
a grandes generales como Rommel o Zhúkov porque las directrices políticas no
emanaban de jefes de gobiernos democráticos sino de tiranos sanguinarios que,
en no pocas ocasiones, interferían con criterios políticos en cuestiones
tácticas. Es el caso de Stalin en relación con el uso de columnas blindadas por
parte de Zhúkov.
Es preciso
que en España no se conozca a los militares por su ideología sino por su disciplina
y su capacidad para utilizar los recursos que se ponen a su disposición. Los
ciudadanos tenemos derecho a exigir que el comportamiento de un general
como Julio Rodríguez sea el pertinente,
con independencia de su propia percepción ideológica o del color político del
gobierno de turno.
Esta cuestión no es baladí y conviene recordar
que la politización del ejército es uno de los factores que contribuyeron al
desencadenamiento de la guerra civil española. El presidente Azaña, consciente
de este problema, llegó a expresar en las Cortes de la II República que lo
único que en el ejército importaba de verdad era la disciplina y no el fervor o
el signo de las convicciones políticas. Este pensamiento es perfectamente
válido para las fuerzas armadas de nuestros días.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)