Cuando era
niño en el colegio aprendíamos, entre otras muchas cosas, que existían virtudes
y también pecados. Recuerdo todavía que los pecados capitales eran siete y el
primero de ellos la soberbia debía de ser un pecado muy grande y que el último
la pereza quizá fuera algo menos grave. De la misma forma, nos enseñaban que
frente a los pecados había unas virtudes; así ante la soberbia se nos ofrecía
como modelo la humildad y contra la pereza funcionaba la diligencia.
Todo esto
viene a cuento porque en las últimas elecciones y la mini legislatura
consiguiente, hemos asistido a bastantes manifestaciones de soberbia y
prepotencia entre los políticos españoles. No voy a nombrar ninguna pero las
hay para todos los gustos y en diferentes partidos.
Seguramente,
los asesores de los políticos de nivel han recomendado mejores modos y
actitudes más civilizadas. Pero una cosa es la buena intención y otra tener
interiorizados los modelos de conducta que se entienden adecuados. En
definitiva, que a la primera oportunidad “la cabra tira al monte”.
A las pocas
horas de convocarse nuevas elecciones Pedro Sánchez, candidato del PSOE, salió
a la tribuna pública para decir que durante el proceso vivido los últimos
cuatro meses él “había sido mucho más humilde que otros políticos”. Es difícil
poder encontrar una actitud menos humilde que esta que reflejo. Antecedentes
los encontramos y, para no abandonar a la misma fuerza política, me viene a la
memoria el presidente Rodríguez Zapatero que en el propio Congreso de los
Diputados llegó a decir que: “a él a humilde no le ganaba nadie”. Parece que
Pedro Sánchez ha tenido un buen maestro a quien imitar pero para su desgracia y
la de todos los hombres de buena voluntad, la virtud no es un hecho aislado de
conducta, no se logra fácilmente y, sobre todo, para el caso que nos ocupa,
airear como un mérito el hecho de ser humilde es incompatible con una
personalidad virtuosa.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)