Hace unos días durante la apertura del año
judicial escuché al presidente del Tribunal Supremo, al tratar sobre la
corrupción, que los españoles teníamos cinco mil jueces “rabiosamente
independientes” para combatir dicha lacra.
Cuando escucho o leo expresiones como
la citada, no puedo dejar de pensar que la democracia española –ciertamente
joven- presenta rasgos preocupantes de inmadurez. Yo no quiero jueces
“rabiosamente independientes”, sólo espero que sean independientes sin añadidos
de rabia, ira, enojo o cólera. Desde mi punto de vista, el poder que los
ciudadanos hemos concedido a nuestros jueces es tan descomunal que es preciso que
en sus actuaciones dichos funcionarios trabajen con equilibrio –todo lo
contrario de hacerlo con rabia-, serenidad y competencia técnica. El que los
jueces sean independientes, sólo depende de ello.
A veces, la independencia judicial se
manifiesta con sentencias contradictorias para casos prácticamente iguales e
incluso iguales. No lo percibo como un fallo del sistema sino, por el
contrario, una garantía del mismo aunque nos cueste comprenderlo.
Es probable que mi rechazo a la
expresión proceda de haber recordado como Adolf Hitler empleaba el término
“fanáticamente” -con apasionamiento y tenacidad desmedida-, para estimular a
los alemanes en cualquier tarea que emprendieran. Las consecuencias de la falta
de mesura, están en el recuerdo de todos para vergüenza de los alemanes.
Roque Gómez
Jaén (Puerto Real)