La salida del Reino Unido de la Unión
Europea me ha parecido una excelente noticia porque, desde su acceso a las
instituciones europeas, los británicos no han dejado de mostrarle al resto de
los asociados su “particularismo” (cuajado de sentimientos de superioridad)
para obtener ventajas de todo tipo. Además de alegrarme, creo que soltar el
“lastre inglés” es una tarea urgente y compleja.
La
Unión Europea, como los buenos marinos, debería tener en cuenta que soltar
lastre es una maniobra sencilla y beneficiosa para la navegación de un buque
cuando la mar está en calma; sin embargo, con mar embravecida puede afectar
peligrosamente la estabilidad del navío.
Sería
muy loable que las instituciones europeas imitaran a los antiguos gaditanos que
con lastre de sus buques mercantes, mármol italiano, supieron construir los hermosos
patios de Cádiz.
El
Reino Unido, coherente con su trayectoria histórica, aún no ha salido de la
Unión Europea y ya está negociando con otras organizaciones supranacionales.
Dispone para ello, a falta del poder militar de antaño, de un excelente cuerpo diplomático acostumbrado a negociar
hasta final. Estas negociaciones, entre el Reino Unido que tiene una sola voz y
un solo objetivo y la Unión Europea con
múltiples voces y objetivos, se prevén largas y, probablemente, con un alto
coste para los europeos. Pese a ello, creo que cuando se emprende un viaje
largo y dificultoso es preferible prescindir de acompañantes egoístas y
desconsiderados.
El
día de las elecciones, una partidaria de la salida de la Unión Europea, decía
que de vivir Churchill estaría muy contento. No estoy muy seguro de ello porque
W. Churchill, a su manera, era un europeísta y, en mi opinión, el que si
estaría muy contento de la salida británica sería el general De Gaulle.
Roque Gómez Jaén
(Puerto Real)