En estos días de primavera las gaditanas se disponen a
renovar su vestuario, la luz les insufla optimismo y llenan las tiendas de
ropa. Hace unos días me encontraba haciendo guardia
de puerta, ante unas de esas tiendas de ropa exclusivamente femenina,
cuando una señora salió del establecimiento y se dirigió a mi compañero de
guardia -un hombre de aproximadamente mi edad que, resignadamente, sostenía dos
bolsas de plástico- de la siguiente forma:
Juanito:
entra que quiero enseñarte una cosa que me he probado y me gustaría que la veas. Pero tienes que decirme lo que yo quiero.
A Juanito se le iluminó la cara y, sin
soltar las bolsas de plástico, entró en el comercio. Ya no maldecía a la
petroquímica que creó el plástico, ya no se sentía un bolardo antropomorfo. Su
mujer, un claro ejemplo de la gentileza de las gaditanas, aún le pedía su
opinión.
Ella, sin haber estudiado en Versalles, sabía que no
hay nada más eficaz que una orden disfrazada de ruego. Yo nunca sabré lo que
deseaba escuchar de Juanito pero estoy seguro que él cumpliría con su ruego.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)