Mi primera lectura de Kafka fue La metamorfosis, me pareció inquietante.
Casi veinte años después retomé la lectura del autor con las obras: El proceso, El Castillo y El fogonero.
Nunca he sido capaz de comprender bien el pensamiento de kafkiano y así se lo
dije a un amigo. Su respuesta fue lapidaria: “El problema comienza cuando se
entiende a Kafka”.
Ahora, en pleno siglo XXI, comienzo a
comprender el pensamiento del autor ya nombrado. El motivo es una disputa de
dos meses con una compañía de telefonía caracterizada por: incumplimiento
unilateral de contrato, conversaciones con máquinas parlantes, corte de
suministro alegando una petición nuestra inexistente, grabaciones de voz que se
niegan a suministrar, respuestas diversas según el interlocutor, “amenazas”,
falta de respuesta a reclamaciones por escrito…
Lo más grave: tener la convicción de que la razón
no es suficiente ante un poder económico que, en su omnipotencia, se niega a
dar explicaciones y reconocer sus errores. Sabe que el tiempo juega a su favor.
El pensamiento pesimista de Kafka nos muestra un hombre víctima de un
destino que no controla. Creo que el idealismo de don Quijote puede ser un buen
antídoto a dicho pensamiento porque, de vivir
hoy, las lanzadas del hidalgo castellano no irían dirigidas a las aspas de los
molinos sino a las antenas parabólicas de Gran Vía 28.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)