El pasado mes de julio se trató en el
Diario, con cierto detalle, sobre la presencia
de Trotski en Cádiz y de la posible colocación de una placa en la calle Buenos
Aires para conmemorar el suceso y mostrar el agradecimiento del pueblo gaditano.
Desde mi punto de vista, ni Cádiz ni la humanidad deben nada a Trotski.
Hace unos años, leí el librito de Trotski:
Mis peripecias en España en el que
narra su expulsión de Francia, su encarcelamiento en Madrid y su posterior traslado a Cádiz desde donde
pretendía partir para Nueva York. El 13 de noviembre de 1916 llegó a nuestra
ciudad y salió el 20 de diciembre de vuelta a Madrid. De ahí, a Barcelona donde
embarcó en el buque “Montserrat” que zarpó para Nueva York el 25 de diciembre. Tras
una escala en Cádiz la nave puso rumbo a la ciudad norteamericana el 2 de enero
de 1917. Trotski jamás volvería a nuestra tierra.
Durante su estancia en Cádiz, algo
más de un mes, el político ruso –quizás deberíamos decir ucranio- tuvo tiempo
para calificar de polizontes a los policías que le acompañaban a todas partes;
adjetivar a Cádiz de ciudad encantadora; informarse sobre La Habana; dudar de
la honradez de los que le cambiaron 50 pesetas en monedas de plata; criticar
duramente la biblioteca de Cádiz (la misma institución que 100 años más tarde
aún conserva la peticiones de lectura del propio Trotski) y dudar de la
autenticidad de algunos cuadros del museo de Cádiz; autodenominarse como
“pacifista” expulsado de Francia; descubrir que la ciudad encantadora tiene las
calles mal cuidadas, olores persistentes de aceite, vino, ajo y pobreza humana
es lo que él denomina “la pobretería indolente azotada por el calor”; comprobar
el desprecio de los españoles por la autoridad; lamentar no poder disponer de
los cerca de veinte periódicos a que tenía acceso en Paris y la ausencia de
noticias de la guerra en la prensa gaditana; contemplar el proceso de
construcción del monumento a las Cortes de Cádiz; contar el número de
vendedores de periódicos, loteros, limpiabotas y pordioseros en lo que Trotski
denomina una “estadística social”; la pasión por el cinematógrafo de los
gaditanos; la calidad de nuestra zarzuela a la que califica como una opereta
corta e ingenua; darnos una lección libresca de historia de España…
Afortunadamente, el mismo Trotski considera sus observaciones como
superficiales y ligeras.
Cuando Trotski desembarcó en Nueva York expresó: ¡Aquí
termina España! Lo que, teniendo en cuenta el pabellón del “Montserrat”, era
rigurosamente cierto. Sin embargo, su vinculación con España no acabó ahí
porque un niño catalán, que tenía tres años cuando Trotski llegó a Nueva York,
le asesinaría vilmente veinticuatro años más tarde en Méjico.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)