domingo, 5 de agosto de 2018

063 Lev Trotski en Cádiz


El pasado mes de julio se trató en el Diario, con cierto detalle, sobre la presencia de Trotski en Cádiz y de la posible colocación de una placa en la calle Buenos Aires para conmemorar el suceso y mostrar el agradecimiento del pueblo gaditano. Desde mi punto de vista, ni Cádiz ni la humanidad deben nada a Trotski.
Hace unos años, leí el librito de Trotski: Mis peripecias en España en el que narra su expulsión de Francia, su encarcelamiento en Madrid y  su posterior traslado a Cádiz desde donde pretendía partir para Nueva York. El 13 de noviembre de 1916 llegó a nuestra ciudad y salió el 20 de diciembre de vuelta a Madrid. De ahí, a Barcelona donde embarcó en el buque “Montserrat” que zarpó para Nueva York el 25 de diciembre. Tras una escala en Cádiz la nave puso rumbo a la ciudad norteamericana el 2 de enero de 1917. Trotski jamás volvería a nuestra tierra.
Durante su estancia en Cádiz, algo más de un mes, el político ruso –quizás deberíamos decir ucranio- tuvo tiempo para calificar de polizontes a los policías que le acompañaban a todas partes; adjetivar a Cádiz de ciudad encantadora; informarse sobre La Habana; dudar de la honradez de los que le cambiaron 50 pesetas en monedas de plata; criticar duramente la biblioteca de Cádiz (la misma institución que 100 años más tarde aún conserva la peticiones de lectura del propio Trotski) y dudar de la autenticidad de algunos cuadros del museo de Cádiz; autodenominarse como “pacifista” expulsado de Francia; descubrir que la ciudad encantadora tiene las calles mal cuidadas, olores persistentes de aceite, vino, ajo y pobreza humana es lo que él denomina “la pobretería indolente azotada por el calor”; comprobar el desprecio de los españoles por la autoridad; lamentar no poder disponer de los cerca de veinte periódicos a que tenía acceso en Paris y la ausencia de noticias de la guerra en la prensa gaditana; contemplar el proceso de construcción del monumento a las Cortes de Cádiz; contar el número de vendedores de periódicos, loteros, limpiabotas y pordioseros en lo que Trotski denomina una “estadística social”; la pasión por el cinematógrafo de los gaditanos; la calidad de nuestra zarzuela a la que califica como una opereta corta e ingenua; darnos una lección libresca de historia de España… Afortunadamente, el mismo Trotski considera sus observaciones como superficiales y ligeras.
Cuando Trotski desembarcó en Nueva York expresó: ¡Aquí termina España! Lo que, teniendo en cuenta el pabellón del “Montserrat”, era rigurosamente cierto. Sin embargo, su vinculación con España no acabó ahí porque un niño catalán, que tenía tres años cuando Trotski llegó a Nueva York, le asesinaría vilmente veinticuatro años más tarde en Méjico.

Roque Gómez Jaén (Puerto Real)