sábado, 4 de agosto de 2018

034 Amor a los animales


En una reciente encuesta se ha señalado que un tercio de los españoles que tienen mascota, las quieren más que a sus amigos. No me extraña viendo y oyendo a determinadas personas que tienen perro. Lo aman como si fuera un miembro de su familia.
Sorprende que cuanto menos afecto se percibe entre los hombres, más se incrementa el cariño por los animales.
Desde mi punto de vista algo falla porque, evidentemente, la relación entre el hombre y el animal no puede sustentarse en un plano de igualdad. Sin embargo, todos los días muchas personas se afanan en intentarlo sin comprender que es imposible.
El hombre en su relación con sus semejantes se encuentra con  dificultades propias de la interacción entre iguales y libres. Sin embargo, en su relación con los animales, dichas dificultades desaparecen ante la manifiesta superioridad del ser humano. La respuesta del animal no puede ser otra que la sumisión. ¿Es lo que buscamos?
En los últimos tiempos, las expectativas del hombre sobre sus animales han cambiado. Así a la pregunta: ¿Por qué tiene  usted un perro? Las respuestas, hasta hace poco, tendrían un carácter meramente instrumental: me cuida el ganado; protege mi propiedad; el coste es bajo… Ahora, entre los urbanitas del siglo XXI,  serían muy distintas: es muy bueno y cariñoso; no tengo familia y me siento menos solo; me sirve para hacer ejercicio y para establecer contacto con otras personas…
Los animales y, en particular el perro, se ha transformado en un medio para dar respuesta a la soledad del hombre que deambula entre multitudes. Cuando nos esforzamos por “humanizar” al perro y lo usamos para superar carencias afectivas, lo estamos desnaturalizando porque transferimos al animal responsabilidades que éste no puede asumir. Acabaremos, si se me permite la expresión, “neurotizándolo”.
Es un hecho que la relación de los hombres con los animales tiene un componente ético. Así lo veía Ortega en su artículo: Sobre el vuelo de las aves anilladas publicado en El Sol (13.08.1929) cuando advertía: la evitación del sufrimiento en los animales es una norma ética; pero nada más que una, y sólo adquiere dignidad de mandamiento cuando se articula con las demás. Ortega entendía como una extravagancia que la Sociedad Protectora de Animales considerara como maltrato animal anillar a un ave de buen porte con una lámina de aluminio de 0,5 gramos. Hoy día, ningún animalista lo vería así pero el problema de articular distintas normas éticas en el trato con los animales sigue vigente.

Roque Gómez Jaén (Puerto Real)