En una reciente encuesta se ha
señalado que un tercio de los españoles que tienen mascota, las quieren más que
a sus amigos. No me extraña viendo y oyendo a determinadas personas que tienen
perro. Lo aman como si fuera un miembro de su familia.
Sorprende que cuanto menos afecto se
percibe entre los hombres, más se incrementa el cariño por los animales.
Desde mi punto de vista algo falla
porque, evidentemente, la relación entre el hombre y el animal no puede
sustentarse en un plano de igualdad. Sin embargo, todos los días muchas
personas se afanan en intentarlo sin comprender que es imposible.
El hombre en su relación con sus semejantes
se encuentra con dificultades propias de
la interacción entre iguales y libres. Sin embargo, en su relación con los
animales, dichas dificultades desaparecen ante la manifiesta superioridad del
ser humano. La respuesta del animal no puede ser otra que la sumisión. ¿Es lo
que buscamos?
En los últimos tiempos, las
expectativas del hombre sobre sus animales han cambiado. Así a la pregunta:
¿Por qué tiene usted un perro? Las
respuestas, hasta hace poco, tendrían un carácter meramente instrumental: me cuida
el ganado; protege mi propiedad; el coste es bajo… Ahora, entre los urbanitas
del siglo XXI, serían muy distintas: es
muy bueno y cariñoso; no tengo familia y me siento menos solo; me sirve para
hacer ejercicio y para establecer contacto con otras personas…
Los animales y, en particular el
perro, se ha transformado en un medio para dar respuesta a la soledad del
hombre que deambula entre multitudes. Cuando nos esforzamos por “humanizar” al
perro y lo usamos para superar carencias afectivas, lo estamos desnaturalizando
porque transferimos al animal responsabilidades que éste no puede asumir. Acabaremos,
si se me permite la expresión, “neurotizándolo”.
Es un hecho que la relación de los
hombres con los animales tiene un componente ético. Así lo veía Ortega en su
artículo: Sobre el vuelo de las aves
anilladas publicado en El Sol (13.08.1929)
cuando advertía: la evitación del
sufrimiento en los animales es una norma ética; pero nada más que una, y sólo
adquiere dignidad de mandamiento cuando se articula con las demás. Ortega
entendía como una extravagancia que la Sociedad Protectora de Animales
considerara como maltrato animal anillar a un ave de buen porte con una lámina
de aluminio de 0,5 gramos. Hoy día, ningún animalista lo vería así pero el
problema de articular distintas normas éticas en el trato con los animales
sigue vigente.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)