El 28 de enero, festividad de Sto.
Tomás de Aquino, es para mí una fecha señalada por motivos personales pero
también lo es por la vinculación de Tomás de Aquino con la enseñanza. Es el
momento de recordar a magníficas personas que han dedicado su vida a la
enseñanza.
Hoy recuerdo con emoción y gratitud a
una joven maestra que, en el ya lejano 1998, ejercía como especialista en
educación infantil. Solicitó ser acreditada para el ejercicio de la dirección
escolar. Se me encomendó la tarea de supervisarla, y así los hice.
Visité su clase en varias ocasiones
donde pude observar sus cualidades como maestra que eran muchas. Me llamó la
atención que comenzaba su jornada, sentada en un banco, convocando a sus
pequeños alumnos a una asamblea –rutina habitual ya en esa época-; lo hacía
hablando y ellos poco a poco, sin imposición de ninguna clase, se acercaban y
rodeaban a su maestra. Observé que sólo uno se hacía el remolón, reptaba por el
suelo y parecía ausente; finalmente, llegaba donde estaban todos los demás.
Casi el 100% de los alumnos del
centro eran de etnia magrebí, de lengua árabe y religión musulmana. Muchos de
ellos eran pobres y, al que ya he señalado, se le notaban especialmente sus
carencias. Recuerdo que un poco antes de ir al recreo los niños desayunaban sacando
los alimentos de sus taleguitas. En ese
momento, la maestra cogía al pequeño disruptivo
de la mano y lo llevaba a un lugar que estaba fuera de mi campo de
visión. Al día siguiente, se repitió la escena y me propuse saber lo que
pasaba. Al tercer día me ubiqué en el lugar adecuado y, sin que la maestra lo advirtiera,
pude observar como ella sacaba de una bata que estaba en el perchero el
desayuno para el pequeño. Esta mujer además de una excelente maestra era una
gran persona, nunca le comenté nada y nunca olvidaré su gesto.
Mientras las autoridades educativas
se dedicaban a discutir sobre las más extrañas cuestiones, ella hizo suyo el
viejo aforismo romano: Primero vivir y
luego filosofar.
Roque
Gómez Jaén (Puerto
Real)