Cuando uno sale de su tierra,
inevitablemente, se acuerda de ella. Posiblemente, sea consecuencia de la
impronta creada por estímulos más o menos conscientes y los recuerdos. Es lo
que los gallegos denominan morriña. Hace más de cuarenta años conocí a un
gallego apellidado Fandiño que, cuando
la morriña era insoportable, cogía su gaita y se paseaba por la Rambla de las
Flores barcelonesa tocando dicho instrumento.
Cuando en un viaje nos encontramos
con paisanos, aunque no los conozcamos más que de vista, nos acercamos,
hablamos, nos ofrecemos…; se trata, de establecer lazos afectivos por el mero
hecho de sentirnos miembros de una misma comunidad.
La huella de Cádiz la he sentido de
muchas formas cuando estoy lejos de mi tierra. Ahora, en un pueblecito serrano
de Madrid de aproximadamente 8000
habitantes, la percibo por diversos motivos: la rampa de acceso a una zapatería
elaborada como los tecles de los astilleros gaditanos; un magnífico ejemplar de
pinsapo que me trae a la memoria los de Grazalema; el nombre de un IES
denominado “Cortes de Cádiz”; una calle dedicada a un gaditano ilustre: el
almirante de la Armada Martel Viniegra y; finalmente, en la biblioteca municipal un
libro del que es autor un excelente catedrático de la universidad gaditana. En
definitiva: siempre hay un motivo para recordar lo que se ama.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)