El término eficiencia viene ligado al
de rendimiento. Si hablamos de eficiencia energética, se trata de un buen uso
de la energía de modo que, sin perder calidad de vida, gastemos menos.
La suma de pequeños ahorros, fruto de
la conciencia del ciudadano medio,
provocará un descenso de la factura energética y, al mismo tiempo, incrementará
el interés de los poderes públicos por estas cuestiones. De no ser así, los
gobiernos insensibles en esta materia acabarán siendo castigados
electoralmente.
Un pequeño ejemplo de ineficiencia
energética, lo tenemos en el mercado de abastos de mi pueblo en el que las
zonas comunes están iluminadas con tubos fluorescentes obsoletos. Para colmo,
he podido comprobar en innumerables ocasiones que, estando cerrado el mercado,
los tubos fluorescentes a los que me
refiero permanecían encendidos. Resulta inaceptable que a la ineficiencia se
una el derroche energético.
En el caso que comento, la solución
es sencilla y barata: sustituir los fluorescentes actuales por otros de bajo
consumo e instalar automatismos que evitarán el derroche de energía eléctrica.
En las dependencias municipales a que
me refiero ya se observan diferencias de criterio con respecto a la iluminación
eléctrica: en las zonas comunes, de responsabilidad municipal, el panorama es
el que he descrito; en las de los respectivos locales comerciales, algunos
empresarios han dispuesto lámparas de bajo consumo. Va a resultar que la
ministra Calvo Poyato tenía razón cuando afirmaba que el dinero público no era
de nadie.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)