Algunos
servidores públicos tales como los militares, policías, bomberos, personal
sanitario... en determinadas circunstancias anteponen el interés general al
suyo propio. En no pocas ocasiones, su sacrificio llega al extremo de perder la
vida, ¿se puede perder más? ¿Se les puede pedir más? La reflexión viene al caso
porque en estos días se cumplirán 30 años de la catástrofe de Chernobil en la
que el heroísmo de algunos trabajadores de la central evitó que el desastre
fuera aún mayor. Arriesgaron su vida y sabían que lo hacían. Sabían que iban a morir
y como iban a morir. También heroico fue el comportamiento de algunos soldados
del ejército soviético: unos sobrevolaron
en helicóptero el núcleo del reactor que enviaba una nube contaminante
al exterior y otros construyeron un
túnel bajo el reactor accidentado donde la toxicidad era muy alta. Ellos
también conocían los riesgos que estaban corriendo y, sin embargo, cumplieron
con la tarea encomendada.
Comportamientos
heroicos semejantes se observaron igualmente entre los bomberos y policías de
Nueva York el 11-S y en el desastre de Fukushima.
Estos
comportamientos heroicos nos conmueven y nos reconcilian con el ser humano.
Admiramos a los héroes y, en cierta medida, nos sentimos más tranquilos porque
sabemos hasta donde son capaces de llegar. Sin embargo, a veces, nos olvidamos
de su entrega con suma facilidad.
Estas muertes
de servidores públicos, ejemplos de cómo se puede llevar al extremo el cumplimiento
del deber, merecen nuestro agradecimiento y nuestro recuerdo. Hay, sin embargo,
otras que son inexplicables. Me refiero, en concreto, a la muerte en Barbastro
de un guardia civil por un individuo que, a continuación, huyó hasta ser
detenido. Esta muerte, injustificable, nos conmueve como las ya citadas, pero
también nos indigna porque la provoca la miseria moral de un individuo que tras
cometer su fechoría lo primero que dice es que es menor de edad. Probablemente,
ya sabía que antes de cumplir los veintisiete años estará en libertad. De este
modo, los españoles, con nuestros impuestos, habremos “rehabilitado” a un
individuo que ha matado miserablemente a un servidor público. Para colmo,
cuando escribo estas líneas me he enterado que un individuo a través de las
redes sociales se ha dedicado a vejar al guardia civil fallecido y al resto de
sus compañeros.
Alguna vez,
tendremos que plantearnos si la respuesta del código penal es la adecuada para
un gran número de delitos que amargan la
vida cotidiana a un buen número de españoles. ¿No sería pertinente que se nos
consultara al respecto? Probablemente, el ministro de Interior no tendría que
pedir, como tras el suceso que se comenta, una condena “ejemplarizante”. Para
comprender la desgracia a que nos referimos, sólo tenemos que hacer el esfuerzo
de ponernos en el lugar de la familia del fallecido. ¿Se considera justo que la
muerte del guardia civil se solvente con un máximo de diez años de cárcel?
Quiero
finalizar manifestando mi condolencia a la familia del guardia civil que hago
extensiva a la del bombero fallecido en Oviedo hace unos días.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)