viernes, 3 de agosto de 2018

011 Servidores públicos: de Chernobil a Barbastro


Algunos servidores públicos tales como los militares, policías, bomberos, personal sanitario... en determinadas circunstancias anteponen el interés general al suyo propio. En no pocas ocasiones, su sacrificio llega al extremo de perder la vida, ¿se puede perder más? ¿Se les puede pedir más? La reflexión viene al caso porque en estos días se cumplirán 30 años de la catástrofe de Chernobil en la que el heroísmo de algunos trabajadores de la central evitó que el desastre fuera aún mayor. Arriesgaron su vida y sabían que lo hacían. Sabían que iban a morir y como iban a morir. También heroico fue el comportamiento de algunos soldados del ejército soviético: unos sobrevolaron  en helicóptero el núcleo del reactor que enviaba una nube contaminante al exterior y otros  construyeron un túnel bajo el reactor accidentado donde la toxicidad era muy alta. Ellos también conocían los riesgos que estaban corriendo y, sin embargo, cumplieron con la tarea encomendada.
Comportamientos heroicos semejantes se observaron igualmente entre los bomberos y policías de Nueva York el 11-S y en el desastre de Fukushima.
Estos comportamientos heroicos nos conmueven y nos reconcilian con el ser humano. Admiramos a los héroes y, en cierta medida, nos sentimos más tranquilos porque sabemos hasta donde son capaces de llegar. Sin embargo, a veces, nos olvidamos de su entrega con suma facilidad.
Estas muertes de servidores públicos, ejemplos de cómo se puede llevar al extremo el cumplimiento del deber, merecen nuestro agradecimiento y nuestro recuerdo. Hay, sin embargo, otras que son inexplicables. Me refiero, en concreto, a la muerte en Barbastro de un guardia civil por un individuo que, a continuación, huyó hasta ser detenido. Esta muerte, injustificable, nos conmueve como las ya citadas, pero también nos indigna porque la provoca la miseria moral de un individuo que tras cometer su fechoría lo primero que dice es que es menor de edad. Probablemente, ya sabía que antes de cumplir los veintisiete años estará en libertad. De este modo, los españoles, con nuestros impuestos, habremos “rehabilitado” a un individuo que ha matado miserablemente a un servidor público. Para colmo, cuando escribo estas líneas me he enterado que un individuo a través de las redes sociales se ha dedicado a vejar al guardia civil fallecido y al resto de sus compañeros.
Alguna vez, tendremos que plantearnos si la respuesta del código penal es la adecuada para un gran número de delitos que amargan  la vida cotidiana a un buen número de españoles. ¿No sería pertinente que se nos consultara al respecto? Probablemente, el ministro de Interior no tendría que pedir, como tras el suceso que se comenta, una condena “ejemplarizante”. Para comprender la desgracia a que nos referimos, sólo tenemos que hacer el esfuerzo de ponernos en el lugar de la familia del fallecido. ¿Se considera justo que la muerte del guardia civil se solvente con un máximo de diez años de cárcel? 
Quiero finalizar manifestando mi condolencia a la familia del guardia civil que hago extensiva a la del bombero fallecido en Oviedo hace unos días.
Roque Gómez Jaén     (Puerto Real)