Desde hace unos meses, visito con frecuencia una chocolatería
situada en la calle del Correo de Madrid a escasos metros de la Puerta del Sol.
Desde el primer día me ha llamado la atención, en un mirador
acristalado que da a la calle, una mesa reservada para dos personas con sus
platos, cubiertos, servilletas y un
ramito de flores de color rojo y gualda. Nunca he visto esa mesa ocupada y, por
ello, le pregunté a una camarera si la mesa estaba reservada al rey. Me
respondió sonriendo que la mesa estaba preparada para su jefe que era el rey
del lugar.
La simpática respuesta me hizo pensar en otra que yo hubiera
preferido: que la mesa reservada y las flores estaban en honor de las víctimas
del atentado a la cafetería Rolando, que ocupaba una finca colindante con la
que comento, acaecido el viernes 13 de
septiembre de 1974. Especialmente, en recuerdo de una pareja de aragoneses
casados seis días antes y que en su
viaje de novios encontraron la muerte en dicho atentado.
Yo siempre que entre en la chocolatería y vea la mesa
reservada, me acordaré de las víctimas de la barbarie etarra que ni siquiera
han merecido una pequeña placa conmemorativa en la calle. A mi recuerdo, le
uniré el deseo de que jamás se vuelva a amnistiar a asesinos como los etarras
que mataron en la cafetería Rolando a un total de trece personas y dejaron
heridas a decenas de ellas.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)