En
los últimos sondeos del INE el problema planteado por el separatismo catalán
ocupa el séptimo lugar entre las preocupaciones de los españoles. En mi opinión,
el primer y gran problema de España lo constituye el separatismo en sus
diversas modalidades.
El
separatismo, como el cáncer, tras un período más o menos largo de latencia
muestra su rostro y, tenazmente, acaba con el órgano en el que está incrustado
y del que se alimenta. Sus primeros síntomas son imperceptibles y, con frecuencia,
no se les toma en consideración por miedo o por comodidad. En determinados
momentos de su desarrollo, el cáncer lanza emisarios hacia otros órganos y de
ese modo completa su funesta tarea. Del mismo modo, el separatismo catalán y el
vasco sirven de modelo a comunidades
autónomas como Valencia, Baleares y Galicia. La excusa es tener una lengua
propia que oponer a la española.
Lo
más grave es que el pensamiento separatista está cuajando en lugares
insospechados: he oído a jóvenes andaluces manifestar que no se sienten
españoles y, en Extremadura, he podido percibir un interés desmesurado por lo
propio que me resulta chocante.
Una
demostración muy clara de particularismo, lo hemos visto estos días en Castilla
la Mancha cuando el Gobierno de España, cumpliendo la normativa vigente, ha decidido
trasvasar 60 Hm3 de agua desde la cuenca del Tajo a la del Segura
para garantizar las cosechas de Valencia y Murcia. Algunas autoridades de la
comunidad ya mencionada han puesto el grito en el cielo porque creen que el
agua es solo suya. Parecen olvidar que las formidables infraestructuras realizadas
en su territorio se hicieron con el dinero de todos y, también olvidan, que
hubo un momento, no muy lejano en términos históricos, en el que las naranjas
que Valencia exportaba eran vitales para que entraran en España divisas
indispensables para nuestro crecimiento económico.
En
estos días el Ebro lleva un caudal de 2000 m3/seg destruyendo a su
paso vidas y haciendas. Con dicho flujo de agua en diez horas se habrían
cubierto los 60 Hm3 precisos para la agricultura mediterránea en los
próximos tres meses. ¿Es posible que alguna vez tengamos un plan hidrológico
nacional que no pueda ser boicoteado por los separatistas catalanes y sus
colaboradores? ¿Comprenderemos algún día que la autonomía regional exige un
poder central fuerte como las costillas precisan un esternón donde insertarse?
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)