Pedro
Sánchez ha reiterado hasta la saciedad que no piensa dialogar con Mariano Rajoy
y justifica su actitud por la corrupción en el PP que Rajoy preside. Por ello,
en el debate del pasado 14 de diciembre Sánchez llamó indecente a Rajoy y lo consideró
indigno de ocupar la presidencia del gobierno. En mi opinión, en la actitud del
líder socialista influyen de manera determinante factores personales e
ideológicos.
La
diferencia de edad, al parecer, no favorece el diálogo. Hoy día una diferencia
de 17 años, la que hay entre Rajoy y Sánchez, equivale a una generación. También hay diferencias
temperamentales: Rajoy es frío, cauteloso y paciente mientras que Sánchez es
impulsivo, impaciente y, en ocasiones, muestra rasgos autoritarios. Son características
de un hombre joven en proceso de maduración pero Pedro Sánchez tiene 43 años y
las prisas por alcanzar la Moncloa, muy evidentes, le perjudican porque generan
imprudencia.
En el
debate citado, Sánchez se mostró muy sensible a lo que él considera
menosprecio. En diversas ocasiones, le pidió a Rajoy que no fuera
condescendiente –tomando el término en
su sentido negativo- con él. Es posible que Rajoy mostrara condescendencia pero
a Sánchez le faltó cintura para digerir la crítica porque, en definitiva, no
tolera que un hombre mayor que él, corrupto e indigno, le haya ganado las
elecciones y que se lo advirtiera en el debate. Para colmo Sánchez, preso de
sus propias palabras, tiene motivos para sentirse fracasado: ha perdido las
elecciones y el PSOE ha obtenido los peores resultados de su historia.
Ahora
bien, en mi opinión, la verdadera razón por la que Sánchez se niega a dialogar
con Rajoy es ideológica. Se trata de la vieja idea asentada en la izquierda
española de que tiene más legitimidad que la derecha para gobernar nuestro
país. Se comprende que uno piense que sus ideas son las mejores, pero no que se
deslegitime al adversario político al extremo de considerarlo un enemigo al que
es preciso destruir. En realidad, el hecho de no admitir intelectualmente que
las ideas de los demás puedan ser tan válidas como las tuyas nos conduce a una
visión totalitaria del poder.
La
disposición de Pedro Sánchez a pactar con la extrema izquierda y los
separatistas y, al mismo tiempo, negarse a dialogar con el partido que ha
ganado las elecciones ha creado un grave problema al PSOE –partido esencial en
la vertebración de España- y, en consecuencia, coloca al líder socialista en la
cuerda floja. De ahí, que ha transformado la corrupción del PP en la corrupción
de Mariano Rajoy y, al mismo tiempo, pretende que la de su propio partido no le
salpique personalmente. Sánchez sabe que si no alcanza el poder sus días como
secretario general del PSOE están contados. De ahí su necesidad de pactar con
quien sea.
Finalmente,
creo que el PSOE y Pedro Sánchez deberían tener en cuenta dos cuestiones
importantes:
1ª: Si
entendemos el diálogo como lo define la enciclopedia Larousse: “el debate
entre personas, grupos o ideologías de opiniones distintas y aparentemente
irreconciliables, en busca de una comprensión mutua” no extenderlo al PP sería
caer en el dogmatismo partidario y el fanatismo.
2ª: El
plus de legitimidad que reclama el PSOE para sí mismo, será transformado en
hiperlegitimidad por los partidos de extrema izquierda. Es fácil de entender:
si la izquierda tiene más legitimidad que la derecha, la extrema izquierda
tendrá hiperlegitimidad ante el PSOE y, cuando acceda al poder, la democracia
española, tanto tiempo anhelada, tendrá un grave problema.
Roque Gómez Jaén Puerto Real (Cádiz)