Con demasiada
frecuencia se escucha, no sólo en charlas con amigos o familiares que la
corrupción en el ámbito político es un problema muy grave, pensamiento que el
CIS confirma en sus encuestas periódicas. Los ciudadanos atacan con saña a los
políticos de modo que ni siquiera se les concede la presunción de inocencia y,
en mi opinión, se transmite la idea cainita de que todos los políticos -excepto
los de mi preferencia- son corruptos. Este parecer, comprensible como desahogo
del ciudadano, es sumamente corrosivo porque: 1º). Identifica la corrupción con
el sistema democrático; 2º). Hacemos de la corrupción de los demás la idea fuerza para crecer electoralmente y 3º).
Los ciudadanos que no ocupamos cargos políticos somos mejores que los que nos
representan.
Voy
a centrarme en el 3º punto: si, efectivamente, los políticos que elegimos
libremente no dan la talla, ¿no deberíamos pensar que nosotros como pueblo
tampoco la damos? Esta idea me repugna y, para mí consuelo, Ortega hace ya casi
cien años, con su excepcional clarividencia, afirmaba que si hubiese en España
una clase o gremio excepcional superior en dotes y virtudes a las de los
políticos, haría mucho tiempo que sería la directora de los destinos públicos.
Concluye afirmando que dichas clases o gremios no son más inteligentes ni más
generosas que la compuesta por los políticos.
Desde
hace más de veinticinco años, los grandes partidos nacionales afectados con
casos muy graves de corrupción no han sufrido electoralmente el castigo que
podría esperarse. Es posible, que el pueblo español sea consciente de que
también en nuestra vida cotidiana participamos de pequeñas corrupciones:
incumplimientos en materia fiscal o laboral, permisividad con los que se aprovechan
indebidamente de nuestro sistema de protección social etc. Nuestra flexibilidad es tal que, en no pocas
ocasiones, llegamos a aplaudir conductas claramente deshonestas.
Creo
que en esta materia Gregorio Morán muestra una gran agudeza cuando en su obra: Adolfo Suárez: Ambición y destino,
afirma: Es difícil escandalizar a nuestra
sociedad; formamos un pueblo viejo, jactancioso de sus defectos, y a nadie le
gusta que le repitan lo que conoce.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)