domingo, 5 de agosto de 2018

093 La otra corrupción


Con demasiada frecuencia se escucha, no sólo en charlas con amigos o familiares que la corrupción en el ámbito político es un problema muy grave, pensamiento que el CIS confirma en sus encuestas periódicas. Los ciudadanos atacan con saña a los políticos de modo que ni siquiera se les concede la presunción de inocencia y, en mi opinión, se transmite la idea cainita de que todos los políticos -excepto los de mi preferencia- son corruptos. Este parecer, comprensible como desahogo del ciudadano, es sumamente corrosivo porque: 1º). Identifica la corrupción con el sistema democrático; 2º). Hacemos de la corrupción de los demás la  idea fuerza para crecer electoralmente y 3º). Los ciudadanos que no ocupamos cargos políticos somos mejores que los que nos representan.
Voy a centrarme en el 3º punto: si, efectivamente, los políticos que elegimos libremente no dan la talla, ¿no deberíamos pensar que nosotros como pueblo tampoco la damos? Esta idea me repugna y, para mí consuelo, Ortega hace ya casi cien años, con su excepcional clarividencia, afirmaba que si hubiese en España una clase o gremio excepcional superior en dotes y virtudes a las de los políticos, haría mucho tiempo que sería la directora de los destinos públicos. Concluye afirmando que dichas clases o gremios no son más inteligentes ni más generosas que la compuesta por los políticos.
Desde hace más de veinticinco años, los grandes partidos nacionales afectados con casos muy graves de corrupción no han sufrido electoralmente el castigo que podría esperarse. Es posible, que el pueblo español sea consciente de que también en nuestra vida cotidiana participamos de pequeñas corrupciones: incumplimientos en materia fiscal o laboral, permisividad con los que se aprovechan indebidamente de nuestro sistema de protección social etc. Nuestra flexibilidad es tal que, en no pocas ocasiones, llegamos a aplaudir conductas claramente deshonestas.
Creo que en esta materia Gregorio Morán muestra una gran agudeza cuando en su obra: Adolfo Suárez: Ambición y destino, afirma: Es difícil escandalizar a nuestra sociedad; formamos un pueblo viejo, jactancioso de sus defectos, y a nadie le gusta que le repitan lo que conoce.

Roque Gómez Jaén (Puerto Real)