Desde
hace nueve años, paso temporadas más o menos largas en El Molar pueblo de la
sierra norte de Madrid. Semanas atrás en
la revista municipal “El Molar contigo” nº 6, se trató sobre un pinsapo de buen
porte ubicado en la Plaza Mayor. Dado que el hábitat del abeto no es el más
adecuado (clima muy seco y temperaturas muy altas en verano) se le califica de
superviviente. Guiado por la curiosidad le pregunté por el pinsapo a un anciano
del lugar que me informó que dicho árbol se plantó en el sitio actual en el año
1964 y costó 5.500 pesetas; además, me justificó, con indudable humor negro, la
supervivencia del abeto por el hecho de que en el subsuelo existían
enterramientos que aportaban mucha “sustancia”.
Inevitablemente,
me acordé de nuestro hermoso bosque de pinsapos de la sierra de Grazalema.
Cuando en Madrid el pinsapo es un árbol admirado por su excepcionalidad y todo
el mundo habla de proteger el ejemplar de El Molar, en nuestra tierra podemos
disfrutar de hectáreas de estos hermosos abetos. Tenemos el deber de cuidarlos
y dejarlos como herencia para nuestros hijos y nietos.
El
pinsapo no tiene valor económico porque su madera no es de calidad (en la
sierra gaditana se puede escuchar la siguiente expresión: “Es más malo que la
madera de pinsapo”) pero sí tiene un valor medioambiental y ornamental porque,
en efecto, el pinsapo como especie es un
superviviente de los bosques de coníferas que poblaban la tierra hace millones
de años.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)