A lo largo de mi vida he tenido la
suerte de conocer a muchas personas capaces de entusiasmar. Esta cualidad es
muy recomendable para los profesionales de la enseñanza porque, si aceptamos
que tenemos que entusiasmar a nuestros alumnos y acompañarlos en el acceso al
conocimiento, difícilmente podremos hacerlo si no poseemos dicha aptitud.
Indudablemente, nadie puede dar lo que no tiene.
En el Diario del ya lejano 10 de
noviembre de 1933, he podido leer un excelente artículo de Francisco de Cossío
titulado Educación del entusiasmo en
el que demanda: Un hombre o una idea que
sepan mover espontáneamente un entusiasmo colectivo. De sus palabras puede
deducirse que la capacidad de entusiasmarnos la tenemos todos, sólo falta el
reactivo que inicie el proceso.
Hace aproximadamente un año Esther,
mi nietecita, contaba algo más de seis meses y, obviamente, no hablaba pero sí
podía expresar lo que sentía. En una reunión familiar, rodeada de cariño y sintiéndose
el centro de nuestras preocupaciones, reaccionó de una manera extraordinaria
que me dejó sorprendido: de su interior emanó un sonido muy intenso y
continuado acompañado de una expresión feliz en su rostro. Nunca antes lo
habíamos contemplado. Para mí, fue la manifestación más clara y precoz de
entusiasmo que he observado en mi vida. Ella no podía decirnos nada y encontró
la solución a través de una explosión de emotividad. A su manera, nos expresó
que estaba allí, que sentía nuestro cariño y que estaba muy contenta. Ha pasado
un año, ya tiene otras capacidades y las usa eficazmente. Afortunadamente, el entusiasmo
sigue presente en su vida.
Cuando escribo estas líneas, he
podido ver al cineasta Carlos Saura recibir un premio y, a sus ochenta y seis
años, pide que el año que viene le den otro porque eso le ayuda a mantener su
entusiasmo. Su ejemplo, me ha hecho pensar que a Esther le espera un largo
camino para entusiasmarse y entusiasmar
a los demás.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)