domingo, 5 de agosto de 2018

088 El entusiasmo de Esther


A lo largo de mi vida he tenido la suerte de conocer a muchas personas capaces de entusiasmar. Esta cualidad es muy recomendable para los profesionales de la enseñanza porque, si aceptamos que tenemos que entusiasmar a nuestros alumnos y acompañarlos en el acceso al conocimiento, difícilmente podremos hacerlo si no poseemos dicha aptitud. Indudablemente, nadie puede dar lo que no tiene.
En el Diario  del ya lejano 10 de noviembre de 1933, he podido leer un excelente artículo de Francisco de Cossío titulado Educación del entusiasmo en el que demanda: Un hombre o una idea que sepan mover espontáneamente un entusiasmo colectivo. De sus palabras puede deducirse que la capacidad de entusiasmarnos la tenemos todos, sólo falta el reactivo que inicie el proceso.
Hace aproximadamente un año Esther, mi nietecita, contaba algo más de seis meses y, obviamente, no hablaba pero sí podía expresar lo que sentía. En una reunión familiar, rodeada de cariño y sintiéndose el centro de nuestras preocupaciones, reaccionó de una manera extraordinaria que me dejó sorprendido: de su interior emanó un sonido muy intenso y continuado acompañado de una expresión feliz en su rostro. Nunca antes lo habíamos contemplado. Para mí, fue la manifestación más clara y precoz de entusiasmo que he observado en mi vida. Ella no podía decirnos nada y encontró la solución a través de una explosión de emotividad. A su manera, nos expresó que estaba allí, que sentía nuestro cariño y que estaba muy contenta. Ha pasado un año, ya tiene otras capacidades y las usa eficazmente. Afortunadamente, el entusiasmo sigue presente en su vida.
Cuando escribo estas líneas, he podido ver al cineasta Carlos Saura recibir un premio y, a sus ochenta y seis años, pide que el año que viene le den otro porque eso le ayuda a mantener su entusiasmo. Su ejemplo, me ha hecho pensar que a Esther le espera un largo camino  para entusiasmarse y entusiasmar a los demás.

Roque Gómez Jaén (Puerto Real)