Hace unos días supe que Ángeles
Hernández Gómez había fallecido. La conocí durante mi estancia de diez años en
Ceuta, destinado en la Dirección Provincial de Educación. Su hija Vicenta, otra
gran maestra, me dijo que había muerto como había vivido: sin hacer ruido, sin
molestar y en paz.
Mi relación con ella parte del hecho
de que, por mi profesión, visitaba su colegio público con frecuencia. El centro
estaba enclavado en una zona desfavorecida y ella lo dirigía desde 1982.
Temiendo no encontrar las palabras adecuadas (me
sucede cuando hablo de personas de mi familia o muy apreciadas por mí), me voy
a referir a lo que ya pensaba de ella al finalizar mi estancia en Ceuta en el
año 1999.
En mis visitas, pude constatar su entusiasmo y su afán
permanente por la mejora de su colegio; su capacidad para dinamizarlo y
comprometerlo en infinidad de programas y proyectos; su compromiso con la
función directiva –así lo reconocía también en un informe de 1985, el inspector jefe de educación en Ceuta Juan Casas
Motilla-; su colaboración con multitud de organismos e instituciones y su
interés por perfeccionarse pese a sus muchos años de servicio. Nunca olvidaré
como con edad próxima a la de jubilación, llevó a “sus niños”, como ella decía,
a París y les acompañó en la visita para que conocieran algo mejor. Además, se
encargó de buscar la financiación necesaria.
Pese a las dificultades, incomprensiones y presiones
de algunos miembros de su comunidad educativa (muy radicalizada por cuestiones
ajenas al mundo educativo), su colegio mejoraba tanto en la convivencia como en
los resultados académicos. Ángeles sabía mostrarse firme cuando era necesario y
mantener, por el encima de todo, el cariño de sus alumnos (pude percibirlo en
muchas ocasiones cuando visitábamos los IES de la localidad).
Como persona era alegre, sencilla, honesta y
entusiasta; amaba a su familia y apreciaba a sus compañeros. Ángeles vivirá
siempre en el recuerdo de familiares, amigos y conocidos y, sobre todo, de los
cientos de alumnos por los que siempre dio la cara. Mi reconocimiento es
sincero y me hubiera gustado que, en su momento, también se lo hubiera
concedido la administración a la que tantos años sirvió con lealtad. Era una
gran maestra y una gran mujer.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)