jueves, 2 de agosto de 2018

010. Interventores que dimiten


Desde hace unos meses, los interventores de la administración andaluza y la dimisión de alguno de ellos han sido protagonistas  en el Diario. Ya en  febrero la noticia fue que el interventor general de la Junta de Andalucía había dimitido. En marzo, las  cuestiones relacionadas con la intervención general de la Junta y los problemas derivados del posible fraude por los cursos de formación o de los ERE falsos han sido tratadas al menos en cinco ocasiones.
Comienza el mes de abril, y el día que escribo esta carta  se vuelve a tratar de cuestiones relacionadas con los interventores que, por lo general, son funcionarios muy discretos.
El interventor general dimisionario ha manifestado que su salida del cargo debe contemplarse como algo positivo porque él cree en  “las bondades de la rotación”. De sus palabras puede deducirse que permanecer en el cargo ocho años, como sucedió con el interventor general que le precedió en dicho puesto, debería ser considerado como algo poco deseable. Cabe preguntarse: ¿Por qué este cambio de estrategia? ¿Tiene algo que ver con el hecho de que el interventor general que resistió ocho años esté imputado por el caso de los ERE falsos?
En mi opinión, no coincidente con la de muchos de nuestros gestores públicos, lo negativo no es que un interventor, o cualquier otro funcionario dimitan, sino que puedan hacerlo. Trataré de explicarme: Si el interventor general dimite de su cargo es simplemente porque es un cargo electivo y, por lo tanto, sometido a los vaivenes propios de la azarosa vida política muy poco aconsejables en la función pública. Por el contrario, si los altos y medianos cargos de la Administración pública se cubrieran mediante procesos selectivos sujetos a los principios de mérito y capacidad, ningún interventor general dimitiría y, por  lo tanto, las presiones políticas no actuarían con tanta fuerza sobre los funcionarios que, afortunadamente, suelen ser eficientes y disciplinados. Al mismo tiempo, la imparcialidad en el ejercicio de sus funciones –mandato constitucional- quedaría garantizada.
El recurso frecuente a los puestos de libre designación en la Administración, es fruto de la politización asfixiante de la función pública lo que provoca malestar entre los funcionarios que contemplan como su carrera administrativa queda cercenada  porque un buen número de cargos quedan excluidos de sus expectativas profesionales. La politización también favorece la creación de  “administraciones paralelas” caracterizadas por la opacidad en la contratación de su personal y la impermeabilidad al control interno de la administración pública.
Un almirante inglés del que lamento no recordar su nombre, expresaba que el principio de la eficacia estaba en la elección a dedo. Si realmente fuera así, en España tendríamos la administración más eficiente del universo y, desgraciadamente, no creo que sea el caso.

Roque Gómez Jaén   Puerto Real (Cádiz)