Los
fines de semanas las calles de Madrid bullen: tiendas y comercios llenos,
eventos variados…, todo parece diseñado para fomentar el consumo. Al parecer,
el mero hecho de pensar que la crisis está siendo superada, es ya un factor de
mejora.
Las
manifestaciones de alegría económica, coexisten con otras más tristes. He
contemplado junto a un obrador muy famoso, donde 30 gramos de pastas cuestan
1,50 €, a una mujer tumbada sobre el alcorque de un árbol manifestando que
padece sida. Igualmente, a la salida de una multinacional, un hombre se agacha
para recoger una colilla (hace sesenta años que no veía el gesto). Finalmente, adolescentes
se agolpan en una cola para adquirir entradas; pegado a ellos, un hombre con el
torso desnudo desafía el frío madrileño y nos muestra su cuerpo incompleto: le
faltan los brazos en su totalidad. Me recuerda los árboles carbonizados tras un
incendio pavoroso. Este hombre ni
siquiera puede alzar sus brazos al cielo para clamar justicia; con un vaso en
la boca, mueve la cabeza para llamar la atención del viandante.
No
ignoro que algunas de estas personas son víctimas de mafias que las explotan y
otras prefieren no renunciar a su modo de vida. Pero también es cierto que una
parte de los 35.000 mil indigentes que duermen en las calles de nuestro país,
son personas incapaces no ya de vivir sino de malvivir por sí mismos. Son
personas irresponsables de sus actos y, a menudo, están muy enfermas. Necesitan
un lugar donde comer caliente y dormir porque, de lo contrario, morirán en la
calle. Pocos impuestos estarían tan justificados como los que se necesiten para
atenderlos con humanidad. ¿Es preciso que una monja albanesa tenga que
recordarnos el significado de la misericordia?
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)