El pasado 22 de mayo, ha sido un
día muy alegre para muchas personas: para los seguidores del Real Madrid; para
los partidarios de Pedro Sánchez y, tal como se ha recogido en el Diario de ese mismo día, también para
los dirigentes de Podemos y de los separatistas.
Para mí ha sido un día muy triste
porque he podido contemplar la desolación de un vecino de Puerto Real al que,
con nocturnidad y alevosía, le han pintado de rojo las paredes de su casa.
¿Cuál ha sido su delito? Con toda seguridad exhibir la bandera española en un
mástil instalado en un balcón de su vivienda que, cuando le mostraba mi
solidaridad a mi compatriota, ondeaba gracias a un suave viento de poniente.
Lo que expreso no es un caso más
de vandalismo, se trata de un delito de odio al discrepante que, desde hace más
de diez años, se ha instalado en la sociedad española. Tengo la convicción
moral de que los autores del hecho que comento, forman parte de esa legión de
desorientados que no valoran la libertad porque nunca han tenido que luchar por
ella y jamás la echaran de menos.
Los españoles parecemos empeñados
en transformar el debate político, entre compatriotas interesados por el
interés de nuestra nación, en una lucha a muerte entre contendientes. ¿Es la
imagen del cuadro de Goya Duelo a
garrotazos la que queremos que hereden nuestros hijos y nietos? ¿Tenían
razón los viajeros de otras naciones cuando afirmaban que los españoles se
odian entre sí y desprecian a los extranjeros?
Quiero pensar que el señor
alcalde de Puerto Real habrá mostrado a nuestro vecino su solidaridad y apoyo
porque todos deberíamos tener muy en cuenta la advertencia bíblica recogida en
(Mt 12,25): Todo reino dividido contra sí
mismo queda asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí no podrá
subsistir..
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)