Hace
unos días el inefable Antonio Baños, separatista radical de la CUP, hacía una
gracieta a costa del acento de los andaluces. Su actitud, como la de muchos separatistas, es una muestra de la
fragilidad de las relaciones afectivas de una parte muy importante de la
población catalana con la nación española. El problema no puede sino aumentar
porque se ha tratado un cáncer como si fuera un resfriado.
La
fragilidad a que me refiero, ya se pone de manifiesto cuando el Sr. Baños
argumentó su pertenencia a la formación anticapitalista por el hecho de haber
tenido durante veinte años un trabajo precario como periodista –recogido en el
libro de Pablo Iglesias: Una nueva
transición-; no es el único, hace algún tiempo leí a un separatista catalán
afirmar que decidió que España no le interesaba cuando la policía le golpeó en
una manifestación. No acaba aquí la cuestión: el pasado 29 de septiembre, en una
Carta al Director del Diario, una
maestra jubilada catalana narraba
haberse transformado en separatista cuando vio en Cádiz, en al año 2010,
recoger firmas contra el Estatuto Catalán propiciado por el presidente
Rodríguez Zapatero. Está muy claro que para muchos catalanes cualquier
frustración siempre tiene su origen en la despreciada España.
Hay
asuntos mucho más graves todavía pero el final previsible es el mismo: los
catalanes no separatistas y el resto de españoles que viven y trabajan en
Cataluña, se sentirán allí como si estuviesen en un país extranjero o peor aún.
Lo
que quiero decir lo expresó mucho mejor Milan Kundera en su obra La insoportable levedad del ser: El que está
en el extranjero vive en un espacio vacío en lo alto, encima de la tierra, sin
la red protectora que le otorga su propio país, donde tiene su familia, sus
compañeros, sus amigos y puede entenderse fácilmente en el idioma que habla
desde la infancia.
Esta
sensación de vivir en el extranjero en tu propio país, ya tuve ocasión de
vivirla personalmente hace más de cuarenta años en algunas localidades del País
Vasco.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)