La primera vez que oí hablar de
traición fue en el colegio Padre
Villoslada de Cádiz, yo no tendría más de nueve años y los excelentes maestros
de mi época trataban de enseñarnos algo de historia de España. Nos hablaban de como el lusitano Viriato
fue traicionado por tres amigos suyos que negociaban con Roma; no recordaba sus
nombres pero los he rescatado, se llamaban: Audas, Ditalkón y Minuros que
procedían de Urso (Osuna) y eran romanos que se habían pasado al bando
lusitano.
Consumada la traición con la muerte
de Viriato Roma se negó a pagarles con
la conocida expresión: Roma no paga a los
traidores. Los dos veces traidores perdieron la honra y no consiguieron lo
que se les había prometido.
La expresión Roma no paga a los traidores, se le ha recordado como un reproche a
la alcaldesa de Barcelona Ada Colau por los separatistas catalanes ante la
descarada ambigüedad de dicha alcaldesa.
En la España actual, si entendemos como
traidor a la persona que quiebra la
fidelidad o lealtad que debe guardar o tener, el número de traidores es tal que
Roma no podría pagarles su traición. Sin embargo, España si puede pagarles y no
me extrañaría que pudiera pasar lo que según nos cuenta el profesor Aguado
Bleye, en su magnífico manual de historia de España, sucedió a la monarquía
visigótica: Lo que antes era una traición
ahora es un acto político, que merece perdón y hasta premio. Seguramente la
alcaldesa Colau procede de rancia estirpe visigoda.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)