jueves, 2 de agosto de 2018

004 Líneas rojas


En los últimos tiempos, entre nuestros representantes políticos –empleados nuestros según  hallazgo muy reciente de Pablo Iglesias- se ha extendido la expresión líneas rojas fijándolas como aquellas cuestiones más allá de las cuales no hay negociación posible. Ahora resulta que para el presidente Rajoy no hay líneas rojas salvo para algunas cuestiones (unidad de España, igualdad entre los españoles...) que ya ha divulgado extensamente. Emplean el mismo término con frecuencia Albert Rivera, Susana Díaz y otros representantes políticos más o menos conocidos y todos ellos, en mi opinión, lanzan un mensaje equívoco dado que si en verdad somos sus jefes, tendrían que consultarnos a todos los ciudadanos españoles en cuestiones de importancia.

            La expresión que comentamos es innecesaria y además redundante, porque en el caso de los dirigentes políticos relevantes y  de muchos funcionarios, sólo hay una línea roja y no precisamente delgada que no pueden traspasar porque es el primer y principal deber de todos ellos: Cumplir y hacer cumplir la ley.

            Un Estado de Derecho como el español, no es sino el gobierno del pueblo bajo el imperio de la ley. Todo lo demás no es sino barbarie y oscurantismo. Este concepto –el sometimiento de todos al marco normativo- es fácil de entender y de apreciar para aquellos que como yo hemos vivido buena parte de nuestras vidas bajo un régimen dictatorial, quizá no lo sea para jóvenes airados y sobrealimentados desde su nacimiento. Para los niños de mi generación, la partida de nacimiento estuvo acompañada durante algún tiempo por una cartilla de racionamiento y durante muchos años más por la falta de libertad. Por ello, a los mayores –que al  parecer molestamos a algunos jóvenes impulsivos que se ven capacitados para regir un país viejo y de viejos- nos gusta alimentarnos bien y nos resultaría insoportable la pérdida de un sistema garante de nuestras libertades públicas.

            Las líneas rojas que tanto suenan han sido violadas en múltiples ocasiones desde que Julio César atravesara el Rubicón. Hacerlo, le supuso perder la vida a manos de un patriota romano en la ciudad que le había aclamado como triunfador. Espero que este cruel destino no tenga que ser aplicado nunca en la España democrática del siglo XXI pero, por si acaso, y para evitar justificaciones facilonas y pueriles, yo exigiría a todos los parlamentarios españoles un certificado médico de que no padecen daltonismo.

                                                              

 

                                     Roque Gómez Jaén    Puerto Real (Cádiz)