domingo, 1 de marzo de 2020

183 La mísera condición del maestro

Si se lee el libro de Luis Bello en el que se narra sus viajes por la escuelas andaluza (1926-29), impresiona el relato de la situación de muchos maestros. Frecuentemente, los municipios no les pagaban sus salarios y, algunos de ellos, se vieron obligados a implorar la caridad pública. El caso extremo referido por Luis Bello es el de D. Rafael Sánchez (el autor con buen gusto le mantiene el tratamiento), “aquel buen maestro de Vélez que se murió de hambre en una estera porque le debían veinte años y no quiso implorar la caridad pública”.
         Tan arraigada estaba en España la idea de los padecimientos de los maestros que cincuenta años más tarde (1980), un diputado con voz de pito, de cuyo nombre no quiero acordarme, pronunció debatiendo sobre las incompatibilidades (las negaba para él y las defendía para los funcionarios más humildes) la frase que da título a esta carta.
         En tres generaciones, los españoles hemos conseguido un cambio espectacular en nuestro sistema educativo. Nuestros maestros, funcionarios o no, cobran puntualmente sus salarios y sus derechos son reconocidos; a cambio, se les pide que cumplan con su deber pero no se les exige que transformen su función en misión.
Me gustaría saber si  algún colegio público de Andalucía se denomina Rafael Sánchez, en honor del maestro que murió de hambre en una estera pero nunca perdió su dignidad. Me da la impresión que la memoria histórica no da para tanto.

                                 Roque Gómez Jaén (Puerto Real)