Tan arraigada estaba en España la idea de los padecimientos
de los maestros que cincuenta años más tarde (1980), un diputado con voz de
pito, de cuyo nombre no quiero acordarme, pronunció debatiendo sobre las
incompatibilidades (las negaba para él y las defendía para los funcionarios más
humildes) la frase que da título a esta carta.
En tres generaciones, los españoles hemos conseguido un
cambio espectacular en nuestro sistema educativo. Nuestros maestros,
funcionarios o no, cobran puntualmente sus salarios y sus derechos son
reconocidos; a cambio, se les pide que cumplan con su deber pero no se les
exige que transformen su función en misión.
Me
gustaría saber si algún colegio público
de Andalucía se denomina Rafael Sánchez, en honor del maestro que murió de
hambre en una estera pero nunca perdió su dignidad. Me da la impresión que la
memoria histórica no da para tanto.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)