Hace casi
cincuenta años, cumpliendo una etapa de mi servicio militar en la Escuela de
Suboficiales de la Armada de San Fernando, me tocó una guardia nocturna de dos
horas en un puesto situado entre el Panteón de Marinos Ilustres y el hospital
naval de San Fernando. El calor estival exigía que las ventanas del hospital
citado permanecieran abiertas y, en consecuencia, escuché con nitidez los ayes
y lamentos de los enfermos hasta que, concluida mi guardia, fui relevado. Me
impresionó mucho la experiencia porque cuando uno es joven el dolor se
contempla como algo pasajero; más adelante, se concibe, en sus diversas formas,
como algo que acompaña al hombre durante toda su vida.
También pensé
aquella noche que los enterrados en el Panteón ya mencionado, habían llevado
una vida honorable, en no pocas ocasiones ligadas a situaciones de sufrimiento,
cumpliendo con su deber en defensa de los intereses nacionales.
En esa primera
guardia nocturna, tomé consciencia de las responsabilidades que el centinela
asumía en la custodia de su puesto: debía mantenerme alerta, atender a los
requerimientos de la patrulla que recorría los distintos puntos y, finalmente,
regresar al cuerpo de guardia. Me preocupaba no recordar el santo y seña, y la
contraseña, del día a que me refiero que aún hoy, en tiempos de deshonor, tengo
grabados en mi mente: Ramón, Roma, rebenque.
Roque
Gómez Jaén (Puerto
Real)