martes, 31 de marzo de 2020

187 Dolor y honor

Hace casi cincuenta años, cumpliendo una etapa de mi servicio militar en la Escuela de Suboficiales de la Armada de San Fernando, me tocó una guardia nocturna de dos horas en un puesto situado entre el Panteón de Marinos Ilustres y el hospital naval de San Fernando. El calor estival exigía que las ventanas del hospital citado permanecieran abiertas y, en consecuencia, escuché con nitidez los ayes y lamentos de los enfermos hasta que, concluida mi guardia, fui relevado. Me impresionó mucho la experiencia porque cuando uno es joven el dolor se contempla como algo pasajero; más adelante, se concibe, en sus diversas formas, como algo que acompaña al hombre durante toda su vida.
También pensé aquella noche que los enterrados en el Panteón ya mencionado, habían llevado una vida honorable, en no pocas ocasiones ligadas a situaciones de sufrimiento, cumpliendo con su deber en defensa de los intereses nacionales.
En esa primera guardia nocturna, tomé consciencia de las responsabilidades que el centinela asumía en la custodia de su puesto: debía mantenerme alerta, atender a los requerimientos de la patrulla que recorría los distintos puntos y, finalmente, regresar al cuerpo de guardia. Me preocupaba no recordar el santo y seña, y la contraseña, del día a que me refiero que aún hoy, en tiempos de deshonor, tengo grabados en mi mente: Ramón, Roma, rebenque.

                                               Roque Gómez Jaén (Puerto Real)