Yo aprendí que la
radio (pocos de mis convecinos la tenían), además de para oír música árabe sin
parar, servía para informar de peligros; aprendí, así mismo, el significado de
palabras como huracán o vendaval y; lo más importante; que los vecinos, en caso
de necesidad, se ayudaban. Por eso, los niños de casas con goteras fueron
repartidos entre las familias que no las sufrían. La solidaridad entre los pobres la consideré como
algo normal y, por supuesto, nadie necesitó utilizar esa palabra para
practicarla. Las goteras, pasado el vendaval, se eliminaron fácilmente.
Transcurridos
más de sesenta años España, nuestra “casa de vecinos”, presenta goteras que, como
todos sabemos, pueden acabar con el edificio más sólido; para ello, basta con
que el encargado de remediarlas sea desleal con el dueño del edificio.
Es verdad que
las goteras se cronifican y perturban la vida de las personas que las sufren; sin
embargo, el agua que destruye, en adecuadas condiciones y con paciencia, acaba
generando hermosas y sólidas columnas como las que podemos contemplar en
lugares como Nerja o Aracena.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)