Cádiz, la ciudad a la que Fernando de
los Ríos llamó: “Nereida inmaculada del Atlántico”, ha estado siempre al abrigo
de sus murallas; con ellas, se defendía de los ataques del hombre y de la
naturaleza desatada.
Con el paso del tiempo, los gaditanos
consideraron que ya no eran necesarias y
las eliminaron en gran parte. Pero el mar, el enemigo que no descansa, ha
conseguido que las murallitas gaditanas hayan entrado en el debate político
actual. El problema, que no es nuevo, se reduce a encontrar financiación para
los daños ocasionados por la mar en la zona más vulnerable: la situada en el
Campo del Sur que nuestros antecesores denominaban, acertadamente, la banda de
Vendaval.
El
periodista gaditano Moro Morgado, en cinco documentados artículos publicados en
el “Diario” en el mes de julio de 1911, demostró que las murallas y los terrenos
donde se asientan pertenecían a la ciudad pues ésta las construyó y mantuvo
durante largos años. Aunque no faltaron aportaciones de la Corona, tardías e
insuficientes, durante siglos los gaditanos financiaron la construcción y
mantenimiento de sus defensas con: la sisa de la carne y del pescado; arbitrios aplicados al vino y sus
derivados, la cerveza y el aceite; aportaciones extraordinarias como las de Juan
Vicente de Salazar; el 1% sobre las mercaderías; préstamos del Cabildo
Eclesiástico; donaciones etc.
La banda de Vendaval era la más necesitada
porque los temporales anuales como el de 1719 destrozaban el esfuerzo de años y
esquilmaban el caudal de los arbitrios, Además, amenazaban con destruir la
catedral e inundar barrios enteros.
Trescientos años más tarde, asistimos a un
espectáculo lamentable en el que todos discuten y nadie aporta lo necesario para mantener nuestras murallas; las mismas
cuya fortaleza evitó que, en la noche del 18 de agosto de 1947, la tragedia
fuese aún mayor.
En un futuro más o menos próximo, la
naturaleza pondrá a prueba la robustez de nuestras defensas. Depende de
nosotros, evitar catástrofes por negligencia o torpeza.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)