Tras
el asalto a Cádiz de una armada anglo-holandesa en 1596 y, abandonada la ciudad
por enemigo, el ingeniero militar Cristóbal de Rojas informó a Felipe II de los
daños sufridos: pocos en murallas y fortificaciones y las mejores casas
incendiadas. Se incluían, la casa de munición y la Iglesia Mayor. Así mismo, se
lamenta al rey porque la parte de la muralla por la que entró el enemigo estaba
fortificada al revés y los terraplenes favorecieron su acceso y dificultaron la
defensa. El ingeniero tenía proyectada, como defensa temporal, una trinchera
para protección de los soldados para lo que solicitó 800 gastadores.
El capitán general Pedro
de Velasco, en agosto de 1596, elevó un informe al Rey con las medidas
defensivas precisas para mejorar la situación de Cádiz y su bahía.
La situación era delicada y, en el seno del
Consejo de Guerra, se debatió si era mejor fortificar la ciudad o
desmantelarla. De aceptarse la segunda
propuesta, los pobladores de Cádiz pasarían a El Puerto de Santa María donde se
reconstruiría la ciudad.
En el citado Consejo se concluyó que Cádiz
necesitaba una buena fortificación y artillería eficaz y, contra la idea de
desmantelar la ciudad, se levantó la voz de Antonio Osorio que acompañó a
Cristóbal de Rojas en la visita citada. Alegaba que, desmantelada la ciudad,
las armadas enemigas podrían bloquear a la armada real refugiada en la bahía y,
la reputación del Rey, sufriría por dicho abandono.
La resolución de Felipe II contemplaba la
adecuada fortificación de Cádiz y la defensa integral de la bahía,
considerándose esenciales los fuertes de El Puntal (Puntales) y Matagorda. Comenzaba un proceso que duraría
siglos y que aún colea.
Si se hubiera abandonado Cádiz, los niños
gaditanos actuales tendrían, probablemente, el inglés como lengua materna y no podríamos
gozar de obras como: “Las defensas de Cádiz en la Edad Moderna”, cuyo autor Víctor Fernández Cano, fallecido en plena
juventud, dedicó a: “Cádiz mi patria”.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)