Muy temprano, en la última jornada electoral, he podido contemplar como
el reloj del ayuntamiento de mi pueblo permanece anclado en las 11 horas. Al
parecer, el asunto no es nuevo.
Esta cuestión ha traído a mi memoria que,
en mi adolescencia, el profesor de filosofía del Columela gaditano, trataba de
iniciarnos en los temas elementales de dicha materia sin mucho éxito,
lamentablemente, en mi caso. No obstante, en mi trayectoria académica, he
tenido contacto con cuestiones filosóficas en muchas ocasiones. En una de ellas
escuché, en frase atribuida a Kant, que el tiempo no existe. La verdad es que
no acabé de entender la idea aunque ahora, creo que estoy en condiciones de
intuirla al menos.
El hecho de
que el reloj a que me refiero no se arregle, no es por desidia ni porque una
conjura judeo-masónica se haya desatado contra los relojes de nuestra bahía
(recordemos lo acontecido con el reloj del ayuntamiento de Cádiz); es muy
probable, que los ilustres concejales de mi pueblo, plenos de saber neokantiano,
hayan pensado: Si el tiempo no existe, ¿para qué molestarnos en medirlo?
Sin embargo,
no siempre ha sido así: hace más de cuarenta años los concejales de Puerto Real
que, probablemente no habrían leído a Kant, ante idéntico problema, actuaron
con rapidez y contrataron a una persona como relojero para sustituir al anterior.
Así, los ciudadanos pudieron seguir
viendo las horas y escuchar las campanadas de nuestro reloj.
Nuestra
hermosa bahía, siempre tan paradójica, en muy pocos kilómetros nos permite contemplar
el reloj atómico del Real Instituto y Observatorio de la Armada de San Fernando,
que suministra la hora oficial de España, y un reloj inservible en la plaza de
Jesús de Puerto Real.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)