Hace
unos días al pasar por el número 57 de la calle Vaqueros de mi pueblo contemplé
como un señor, al observar la lápida colocada en honor de Rafael Moreno de
Guerra, esbozó una sonrisa irónica y, dirigiéndose a su esposa, cuestionó la
utilidad de las placas conmemorativas.
El
Ayuntamiento de Puerto Real sí sabía la utilidad de las lápidas cuando acordó,
el 27 de julio de 1909, dedicarle una con el texto siguiente: “En esta casa
nació, el 16 de febrero de 1880, D. Rafael Moreno de Guerra y Alonso,
comandante de Infantería, muerto gloriosamente en el Barranco del Lobo el día
27 de julio de 1909. El Ayuntamiento de Puerto Real perpetúa en este mármol la
memoria de su heroico hijo”.
La familia Moreno de Guerra, como la de otros compañeros
muertos en el mismo combate, tuvo que esperar dos meses para que sus cadáveres
fueran rescatados y enterrados. Al dolor por la muerte de Rafael, la familia
mencionada, tuvo que añadir el provocado por la muerte de su hermano Ramón, en
el mismo conflicto bélico, en julio de 1921
Me
he animado a escribir estas breves líneas cuando hace unos días, en el “Diario”
de fecha 20 de noviembre de 1911, leí un artículo titulado “Episodio en
Melilla: Un hijo de Puerto Real”,
firmado por Miguel Primo de Rivera que dirigió el texto al Círculo patronal y
obrero de mi pueblo, que celebraba un
acto en honor del soldado puertorrealeño Juan Torres, socio de la entidad,
muerto el 7 de octubre de 1911 en las montañas marroquíes donde, recogido su
cadáver, fue enterrado. El autor, en su
escrito, afirmaba que los que morían como Juan: “dejan un recuerdo
glorioso que conforta y enaltece una raza en la defensa de su independencia y
para el logro de sus ideales”.
Creo
que estos paisanos nuestros y otros muchos españoles, que dieron su vida
defendiendo su país, merecen un recuerdo y nuestro agradecimiento.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)