Con frecuencia,
apelamos a la mala suerte ante las vicisitudes de la vida y, en ocasiones,
empleamos la expresión con frivolidad; en otros casos, con mucha razón. Si
hablamos de un niño de ocho años al que un accidente le provocó la amputación
de ambos brazos y de la pierna izquierda, nadie dudará de que se trata de un
caso de auténtica mala suerte. Me refiero a lo acontecido al valenciano Ricardo
Ten al que hace unos días pude oír entrevistado, por el excelente periodista
radiofónico Vicente Ortega, porque Ricardo, con más de cuarenta años, ha batido
un record del mundo de ciclismo paralímpico en el campeonato recién celebrado
en Holanda. No es nuevo para nuestro deportista porque, con anterioridad, ya fue un multilaureado nadador paralímpico.
En mi opinión el triunfo deportivo de Ricardo es fruto de
una mente poderosa en un cuerpo frágil y, a su indudable triunfo personal, debe
añadirse el de su familia que, como narró en la entrevista a que he aludido, le
instaba a hacer las mismas cosas que los
demás. Por ello, aprendió a escribir con la boca a la misma velocidad que sus
compañeros de clase lo hacían manualmente.
Finalmente, creo que la
atención a los deportistas paralímpicos es un logro de una sociedad como
la española, capaz de tomar las medidas necesarias para que Ricardo Ten y
muchos como él puedan disfrutar de la práctica deportiva que, hasta hace poco
tiempo, les estaba vedada. Podemos añadir, que los deportistas paralímpicos,
como nuestro valenciano, también pueden gozar de las mieles del triunfo.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)