sábado, 16 de marzo de 2019

135 Un camino bajo las aguas del río Hudson


De esta forma tan llamativa, Waldo G. Bowman publicaba, en la edición del Diario de fecha 11 de noviembre de 1933, un artículo que he leído con interés. El autor afirma que el automóvil ha dejado de ser un objeto de placer para transformarse en una necesidad y, pasar de Manhattan a Nueva Jersey, se ha transformado en un problema. Para  subsanarlo, se construyeron puentes y túneles. El que nos comenta resultó ser más barato que un puente dada su longitud (la distancia entre las orillas supera los dos kilómetros y medio) y es el primero que ha soslayado el gran problema de los túneles: la necesidad de airearlos adecuadamente. La tecnología de la época era capaz de construir túneles (en este caso era uno en cada sentido de la marcha) formados por anillos de hierro fundido y cubiertos de hormigón hidráulico con un espesor de más de 30 cm. La ventilación adecuada, se obtenía mediante la entrada de aire fresco a la altura de las ruedas de los coches mediante registros frecuentes. Los gases de escape, de la misma forma, eran extraídos a través del falso techo de los túneles. La magnitud de la obra se comprende al comparar el túnel bajo el Támesis, que soportaba el paso de un millón de vehículos al año, y el que tratamos que podía asumir un tráfico cinco veces mayor. La cantidad de aire fresco que se podía inyectar, por medio de ventiladores, en los túneles era de 9.152 m3/minuto. El túnel, finalizado en 1927 y que aún funciona, lleva el nombre de Holland en homenaje al ingeniero que lo proyectó.
         Este artículo me llamó mucho la atención porque en las Navidades de 1973 me encontraba en Nueva York y pasé en autobús por debajo del Hudson. Hacerlo no me entusiasmaba pero ahora, pasados los años, me encantaría volver a circular por el túnel neoyorquino que he mencionado.


                                                                         Roque Gómez Jaén (Puerto Real)