De esta forma tan
llamativa, Waldo G. Bowman publicaba, en la edición del Diario de fecha 11 de noviembre de 1933, un artículo que he leído con
interés. El autor afirma que el automóvil ha dejado de ser un objeto de placer
para transformarse en una necesidad y, pasar de Manhattan a Nueva Jersey, se ha
transformado en un problema. Para
subsanarlo, se construyeron puentes y túneles. El que nos comenta
resultó ser más barato que un puente dada su longitud (la distancia entre las
orillas supera los dos kilómetros y medio) y es el primero que ha soslayado el
gran problema de los túneles: la necesidad de airearlos adecuadamente. La
tecnología de la época era capaz de construir túneles (en este caso era uno en
cada sentido de la marcha) formados por anillos de hierro fundido y cubiertos
de hormigón hidráulico con un espesor de más de 30 cm. La ventilación adecuada,
se obtenía mediante la entrada de aire fresco a la altura de las ruedas de los
coches mediante registros frecuentes. Los gases de escape, de la misma forma,
eran extraídos a través del falso techo de los túneles. La magnitud de la obra
se comprende al comparar el túnel bajo el Támesis, que soportaba el paso de un
millón de vehículos al año, y el que tratamos que podía asumir un tráfico cinco
veces mayor. La cantidad de aire fresco que se podía inyectar, por medio de
ventiladores, en los túneles era de 9.152 m3/minuto. El túnel, finalizado
en 1927 y que aún funciona, lleva el nombre de Holland en homenaje al ingeniero
que lo proyectó.
Este artículo me llamó mucho la atención porque en las
Navidades de 1973 me encontraba en Nueva York y pasé en autobús por debajo del
Hudson. Hacerlo no me entusiasmaba pero ahora, pasados los años, me encantaría
volver a circular por el túnel neoyorquino que he mencionado.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)