Nuestro
ministro cuenta 34 años y siempre ha vivido en libertad; considera, no
obstante, que la democracia española es deudora del comunismo. En mi opinión, tan válida como la
suya, si el comunismo hubiese triunfado en algunas de las elecciones celebradas
en nuestro país lo que no tendríamos es democracia.
El Sr. Garzón se
muestra muy honrado de ser comunista, coloca banderas republicanas, que no son
oficiales, en las sedes de Izquierda Unida y
reniega de la monarquía. Nadie se escandaliza porque vivimos en un país
libre: ¿podría actuar de la misma forma, un discrepante del régimen soviético,
en la URSS?
Comparto con el
Sr. Garzón la necesidad de potenciar el sector industrial en España y reducir
nuestra dependencia del turismo (sector muy frágil ante cualquier tipo de
crisis). Lo que no me gustaría es que se hiciera con criterios comunistas porque, como es
sabido, el poderoso incremento de la industria pesada soviética se logró
utilizando mano de obra esclava. Entre los años 1929-1953, dieciocho millones
de personas pasaron por el Gulag y seis millones más fueron enviadas al exilio donde, obligados a
permanecer en el lugar de destierro, eran, de hecho, trabajadores forzados.
Como bien dice Anna Applebaum: “el Gulag no surgió ya formado de la nada…
reflejó el nivel general de la sociedad que le rodeaba”. Ahora que los
ministros tienen a gala equivocarse porque son humanos, conviene recordar lo
que la autora ya citada nos expresa: “En ciertos periodos, la vida en la Unión
Soviética fue horrible, insoportable, inhumana, y la tasa de mortalidad era tan
alta fuera de los campos como en su interior”. Ni que decir tiene que los “errores
cometidos por los técnicos”, conllevaban que se les acusara de saboteadores y
fueran trasladados al Gulag.
Además de
jactarse de comunista, creo que el Sr. Garzón debería sentirse orgulloso de ser
español y, al mismo tiempo, agradecer el privilegio que supone representarnos.
Roque
Gómez Jaén (Puerto
Real)