Hace unos días Elisabeth
Merino, concejal de Arrecife, afirmó que el coronavirus es un aviso de la
naturaleza porque estamos llenando nuestro planeta de personas mayores y no de
jóvenes. Ante el revuelo provocado, la señora Merino se disculpó y expresó que
no pensaba dimitir.
Al parecer, los ancianos sobramos y el
coronavirus está haciendo una labor regeneradora. De ahí la predilección del
Covid-19 por las residencias de mayores. De seguir así, se cuestionará la
atención a las personas dependientes y acabaremos viendo desfiles donde se
marchará marcando el paso de la oca.
En mi opinión,
rejuvenecer nuestro país (envejecido según expresó el presidente Sánchez) se
puede lograr fomentando la natalidad como se hace en otros lugares, y no esperar a que sucesivas pandemias
víricas solucionen el problema. No en vano, hay organismos internacionales que
alertan del “riesgo de longevidad” y las medidas necesarias no se adoptan porque,
al parecer, el voto de los ancianos es monolítico y beneficia a las opciones
conservadoras. La alternativa, para algunos recién llegados a la política
española, es extender el derecho al voto desde los dieciséis años (porque,
presuntamente, beneficiaría a los partidos de izquierda).
Durante la
crisis que aún no ha finalizado, los ancianos españoles han sido un ejemplo de
solidaridad atendiendo a hijos y nietos. Actitud, propia de los mayores de cualquier época;
pongo como ejemplo a los ancianos romanos que, ante el ataque de los galos a su
ciudad, prefirieron morir a ser un obstáculo para su defensa. En sus casas, con
las puertas abiertas y ataviados con sus mejores vestiduras, esperaron sentados
a los galos para, a continuación, ser masacrados.
En pleno siglo
XXI hay galos que nos amenazan pero, centrarnos en el pasado, no es inteligente.
Nos gustaría poder plantar árboles de hoja perenne para nuestros nietos.
Roque
Gómez Jaén (Puerto
Real)