Logrados estos objetivos, llega un
momento en el que al alumnado de lengua
materna castellana se le impone un modelo de inmersión en catalán y, al mismo tiempo, se minusvalora su lengua doméstica (en este
caso los ilustres pedagogos callan). Sabemos que durante años, en determinados
centros docentes catalanes, el alumnado no podía expresarse en castellano ni en
los recreos. Al mismo tiempo, se sancionaba a los empresarios que rotulaban sus
negocios en castellano (lengua oficial de España).
El
señor Joan Margarit, a sus ochenta y un años, aún sufre porque en su niñez no
podía expresar elevados conceptos en una lengua que no era la suya. En realidad
él, como muchos otros españoles, soportaba las consecuencias de una dictadura
sin haber sido responsable de su llegada.
Ahora,
en un régimen de libertades, estoy convencido que el Sr. Margarit se sentirá
solidario con los niños de lengua vernácula castellana a los que se les impide la
libre expresión en su idioma. Aquellos que sabiéndolo lo permiten, no son
mejores que los funcionarios franquistas.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)