En
fechas recientes, los medios de comunicación se han hecho eco de las palabras
de Pablo Iglesias en las que instaba al Rey a que ejerciera su función arbitral
con Pedro Sánchez. Otros dirigentes de Podemos han afirmado que el papel del Rey
no podía burocratizarse.
Como
muy bien expresa el catedrático de la UNED Torres del Moral, los poderes regios
son muy recortados porque incluso sus funciones-competencias no son autónomas.
Es decir, sus actos son refrendados o autorizados y el Rey ejerce una
magistratura de autoridad e influencia. Con su neutralidad, añade, contribuye a
que el pluralismo se respete.
A
Pablo Iglesias, de tendencias republicanas, no le gustaría que el Rey
disfrutara de atribuciones como: Nombrar y separar libremente al Presidente del
Gobierno; poder disolver las Cortes hasta dos veces; suspender las sesiones
ordinarias del Congreso… Son algunas de las recogidas en la Constitución de
1931 para el Presidente de la II República que también era el Jefe del Estado.
Niceto Alcalá Zamora, el primero en ocupar el cargo, pese a que sus actos
necesitaban ser refrendados, hizo todo lo posible para mantener fuera del
gobierno al partido mayoritario porque lo consideraba un deber moral y político.
No debe extrañarnos que Stanley G. Payne manifestara que Alcalá Zamora
desbarató el Parlamento.
Teniendo
en cuenta los antecedentes, creo que la función moderadora y de arbitraje del
Rey, que no gobierna pero influye, es un ejemplo de exquisita neutralidad muy
conveniente en la crispada vida política española.
Si
la Jefatura del Estado la ocupara un político de partido, España añadiría un
problema más a la larga lista de los que ya padecemos estoicamente.