Las murallas de Cádiz se
mostraron muy eficaces en el año 1625 durante el asalto a la ciudad de una
flota anglo-holandesa. El ataque enemigo fue rechazado y, para celebrarlo, Felipe
IV encomendó a Zurbarán dos cuadros de los que se conserva el titulado con
precisión castellana: El socorro de Cádiz
(actualmente en el museo del Prado). En su obra, el pintor recoge el momento en
el que Fernando de Girón dirige la defensa de la ciudad y, como fondo, podemos observar la lucha de los navíos, las
columnas españolas que rechazaron el desembarco y una torre redonda humeante.
Otras prestaciones de las defensas gaditanas, en tiempos de
paz, hacen referencia al maremoto de 1755 y a la explosión de 1947. En ambos
casos, las murallas evitaron daños mayores.
En nuestros días, las murallas constituyen un recurso
turístico de primer orden, insuficientemente explotado en mi opinión, y una
eficaz defensa frente a los embates del mar que pueden observarse anualmente en
el “Campo del Sur”.
Nuestras defensas también serán necesarias en el futuro: los
maremotos de mayor o menor intensidad acabarán llegando y la, al parecer,
inevitable subida del nivel del mar asociada al cambio climático, podrá ser
contenida inicialmente. Las murallas gaditanas, en consecuencia, han sido, son
y serán útiles. Sólo se necesita que pasemos de la preocupación a la ocupación.
Roque Gómez Jaén (Puerto
Real)