Para
comprender que las murallas de Cádiz constituyen un problema solo hay que
asomarse a las páginas del Diario del
reciente 22 de agosto. Como en tantas otras cosas de Cádiz, nada nuevo bajo el
sol.
Aunque
el pasado es inamovible, estudiarlo es útil para aprender a ser más humildes en
nuestros planteamientos en la solución de problemas semejantes.
Quiero
centrarme en un momento histórico en el que las murallas habían perdido su valor defensivo y se demolieron
para combatir el paro y favorecer la
expansión de la ciudad: En los días 16 y 17 de agosto de 1920 el Diario trata de una Real Orden en la que
se percibe como nadie quería hacerse cargo de las murallas. Inicialmente, se
pensó que la conservación de las murallas marítimas correspondía a la Junta de
Obras del Puerto que consiguió eludir tan pesada carga. Ya en 1914 las murallas
habían pasado del Ministerio de la Guerra al de Hacienda y de éste al de
Fomento, al que se le encomienda: el
proyecto de las obras, para reparar el estado de ruina en que se encuentran… Ya
en estas fechas, Obras Públicas, ante la ausencia de créditos, abría la
posibilidad de que se entregaran a la
ciudad.
Estas
maniobras cayeron mal en Cádiz, que tenía muy claro la competencia del
ministerio de Fomento en la reparación de las murallas y que había un plan de
obras aprobado. Finalizaba el Diario
con la reflexión siguiente que hoy, podríamos suscribir:
Lo que de nuestra parte ha faltado,
y ojalá que no falte en adelante, es memoria, perseverancia y energía, para
lograr la eficacia y la efectividad de lo mandado.
Han
pasado más de cien años y seguimos enfangado en la misma ciénaga. Es evidente
que las murallas de Cádiz constituyen un problema; no obstante, muchas ciudades
estarían encantadas de tenerlo.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)