No
hace mucho he visto la miniserie “Chernóbil”
que, a pesar de no ser un documental propiamente dicho, nos acerca a unos
de los fenómenos más trágicos del pasado siglo y, probablemente, el de
consecuencias más duraderas e imprevisibles para la humanidad. La energía
atómica, limpia, eficiente y pacífica acabó generando el ataque más brutal que el hombre y su entorno han
sufrido en la historia. Mucho hemos hablado de la globalización económica pero muy
poco en términos de contaminación.
Después
de la serie televisiva he leído el libro de Svetlana Alexiévich “Voces de
Chernóbil”, donde la premio Nobel citada ha creado, recogiendo los testimonios
de los afectados por la radiación, una obra extraordinaria. En su lectura, se comprueba
como los guionistas de la serie recién nombrada se han nutrido de la obra de la
escritora bielorrusa.
Hay
algunas ideas que me gustaría destacar del libro y de la serie: el heroísmo de
muchas personas que sabían con exactitud que morirían pronto y actuaron movidos
por el amor a su patria y el sentido del deber; el oscurantismo de las
autoridades que engañaron a la población y aún ocultan datos sobre la
catástrofe; la falta de preparación de la población y del Estado para responder
a la nube radiactiva y, sobre todo, el apego a la tierra de unos campesinos
incapaces de comprender que eran atacados por un enemigo invisible, silencioso,
incoloro, inodoro y cruel.
Destaco,
igualmente, el amor por la naturaleza de las personas afectadas por la catástrofe:
los árboles, las aves e incluso los insectos pasaron a ser contemplados en una
nueva dimensión. Lo recordé cuando leía
el libro referido y una hormiga diminuta cruzó las páginas que tenía abiertas.
La cogí y la deposité suavemente en el suelo pensando que ella ya tenía su
propio holocausto; se trataba de la típica hormiga de nuestra tierra que,
atacada por la hormiga argentina, está siendo desplazada de su ecosistema
natural.
Roque Gómez Jaén (Puerto
Real)