Castelar llamó a
Cádiz la ciudad sagrada y lo es desde un punto de vista mitológico; para mí,
Cádiz ha sido siempre una ciudad mágica, con duende y, a ese tipo de ciudad, le
corresponden árboles mágicos como los dragos. Era un niño cuando, en las
proximidades de los Salesianos, contemplé por primera vez un drago; en el lugar
que ocupaba hoy tiene una calle dedicada y varios ejemplares de la misma
especie le recuerdan. En mi pueblo pino era sinónimo de árbol y, por ello,
cuando descubrí el primer drago me asombré: no era grande y frondoso, no
producía madera ni su fruto era comestible, pero despertó mi imaginación y, de
sus brazos redondos, veía surgir decenas de espadas de los ejércitos romanos.
Mi interés se incrementó cuando mis maestros me dijeron que, excepto en
Canarias, eran muy escasos.
Ya
muy mayor, como excusa para recorrer a pie todo Cádiz, hice un modesto
inventario de los dragos gaditanos que se dan en toda la ciudad, desde el
parque de Genovés hasta la Zona Franca; los había centenarios, otros muy bien
cuidados y, finalmente, también los había plantados sin orden ni concierto. Me
entristecía ver ejemplares ubicados en lugares inverosímiles como las isletas
de tráfico, donde el árbol jamás se podrá desarrollar, y su destino es la
eliminación. Como nuestros dragos son mágicos, en algunas azoteas pueden
observarse “dragos aéreos” cuyas hojas, ya maduras, presentan un aspecto
amenazador. Me convencí de la magia de los dragos de Cádiz cuando un temporal
se llevó el ejemplar centenario de Bellas Artes. Entonces, la responsable
provincial en la materia, afirmó en la prensa que sería trasplantado;
ingenuamente, la creí y es posible que tuviera razón pero la realidad es que,
un duendecillo gaditano juguetón, transformó el drago en olivo. No he perdido
la esperanza de que algún día, porque en una ciudad mágica todo es posible, el
olivo en vez aceitunas vaya produciendo lo que mi imaginación infantil
identificaba con las espadas de los soldados de Roma.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)