La
algarabía digital
Entre mis recuerdos de
mi primera infancia, están los viajes en tren de Puerto Real a San Fernando;
levantarme aún de noche, la oscura y fría sala de esperas, el traqueteo del
tren y la inevitable algarabía de los pasajeros que, elevaban permanentemente
el tono de voz. La algarabía a que me refiero, tenía un carácter amistoso y
propiciaba la conversación entre desconocidos.
Pasado el tiempo, noté
como el alboroto iba desapareciendo a medida que la velocidad de los trenes se
incrementaba y, consecuentemente, bajaba el tiempo de los desplazamientos
(antes el viaje nocturno a Madrid tardaba diez horas en coche-cama y aún más en
el tren correo). Yo pensaba que el descenso de la algarabía se debía, en buena
medida, a una mayor educación de los españoles. Hoy pienso que estaba
equivocado porque confundía educación e instrucción que, desde luego, son
conceptos muy distintos.
Ahora sufrimos lo que
podríamos llamar la “algarabía digital”, provocada por instrumentos
electrónicos manejados por viajeros incapaces de admirar el paisaje, y,
permanentemente, aburridos. No se trata de una llamada telefónica, sino de un
sinnúmero de sonidos que machacan al viajero que no participa en la sinfonía
inmisericorde.
Decía que instrucción
no es equiparable a educación porque, viajeros educados, no molestarían a los
demás dado que la solución es simple: anular el sonido exterior. La
desconsideración no debe atribuirse sólo
a los jóvenes, ha penetrado en todos los grupos de edad.
Los viajeros
“encapsulados” digitalmente, transforman un acto íntimo en otro público. De
otra forma, no podría entenderse que una chica joven cuente a una amiga que lo
estaba pasando muy mal y, por ello, le había enviado un video para que la viera
llorar. Estuve a punto de sollozar no por la chica, sino por la prepotencia
tecnológica que impide cualquier otro tipo de comunicación más sosegado y
reflexivo.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)