Con frecuencia me acuerdo de mi profesora Alicia Plaza de Prado. Era la época en la que la Escuela Normal de Cádiz se había transformado en Escuela de Formación del Profesorado de EGB.
Tuve la suerte de que Alicia me impartiera clases de Geografía y de Historia. Era una mujer menuda y, aparentemente frágil, que se ayudaba de un micrófono para mejorar su voz quebrada.
Sus clases empezaban siempre con un esquema en la pizarra y, a continuación, hablaba durante el tiempo que ella estimaba pertinente y, finalmente, podíamos preguntarle las cuestiones que quisiéramos. Se trataba de una clase directiva, pero era una clase de una profesora preparada que aprovechaba el tiempo disponible y no tenía que recurrir a estratagemas embaucadoras. En definitiva, respetaba su trabajo y respetaba a sus alumnos.
Alicia estaba comprometida con el régimen del general Franco (su hermana Mónica llegó a formar parte de los denominados “cuarenta de Ayete”) pero jamás trató de adoctrinar a sus alumnos; por el contrario, se volcaba con aquellos que tenían problemas familiares, de trabajo o relacionados con el servicio militar que afectaban a sus obligaciones como alumnos. En no pocas ocasiones los citaba en sábado o domingo, abría las puertas del centro y en su pequeño despacho los examinaba oralmente.
En su evaluación no era caprichosa: trataba y exigía por igual a todos sus alumnos. Tampoco era mezquina a la hora de poner calificaciones altas.
Siempre consideré que Alicia Plaza, palentina trasplantada en Cádiz, tenía un alto sentido del deber y practicaba un patriotismo no vociferante.
Recuerdo que pasados los años, yo trabajaba de profesor de EGB, se le brindó un homenaje en la facultad de Medicina de Cádiz y acudí a dicho acto. Alicia habló poco y claro y ella, que no era muy dada a las efusiones de cariño en el saludo entre desconocidos, expresó con rotundidad que el amor de su vida había sido España y, en mi opinión, así fue.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)