Hoy quiero
recordar y compartir, gracias a la colaboración de Dª. Cristina Carbonero, bibliotecaria
del ayuntamiento de El Molar (Madrid), información sobre los maestros de la
mitad del siglo XVIII.
En concreto, en 1753 una comisión de doce vecinos, en la que
por supuesto no figuraba el maestro de la villa mencionada, se reunió para
contestar a las 41 preguntas formuladas en el Catastro de Ensenada para todos
los pueblos y ciudades de la corona de Castilla que, en esencia, pretendía
establecer una contribución común ligada a la riqueza de cada uno de los
vecinos. La información suministrada era muy completa y en uno de sus apartados
se trataba sobre los funcionarios municipales que, en el caso que nos ocupa,
eran: un escribano, un médico, un alguacil, un cirujano, un sangrador, un
boticario, 3 guardas para el ganado y un maestro de primeras letras.
Como era
habitual en la época y en la zona, a los maestros se les pagaba poco, tarde y
mal. De los funcionarios mencionados sólo los guardas de ganado tenían un
sueldo inferior a los 60 reales mensuales percibidos por el maestro. Para que
nos sirva de referencia, el sacristán recibía 133 reales al mes (más del doble
que el maestro); el boticario 208 reales (más del triple) y el médico con 387
reales (seis veces más). Pero además de un sueldo escaso; en muchas ocasiones,
el maestro percibía parte de su salario en especie, fundamentalmente trigo, lo
que suponía tener que venderlo o panificarlo. Para que el maestro pudiera
subsistir los niños solían entregarle los sábados una pequeña paga de cuatro
maravedíes (0,03 pesetas). La situación económica de nuestros maestros era tan
penosa que, a veces, tenían que pedir limosna.
Afortunadamente,
mucho se ha avanzado en la consideración social de maestros y profesores pero,
escuchando las propuestas de la ministra Celaá, que ha provocado perplejidad e indignación en amplios sectores
de la comunidad educativa convendría no olvidar nuestra procedencia. Resulta
muy llamativo comparar que mientras Rubalcaba trabajó diez años en el
ministerio de Educación para acceder al cargo de ministro ahora, transcurridos
casi treinta años, la señora Celaá ha pasado de ostentar diversos puestos en la
administración educativa vasca, al despacho más importante del ministerio
situado en Alcalá 34. Es probable que el puesto, en un ministerio tan complejo
como el de Educación, esté resultando una carga excesiva para su actual
ocupante.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)