Luisa, hija del escultor Pedro Roldán, se formó en el taller
de su padre en la Sevilla de la segunda mitad del siglo XVII. La ciudad sufría una gran crisis económica acompañada
de inundaciones y epidemias (la peste bubónica de 1649 se llevó por delante
60.000 personas). Cuando la ciudad se recuperó de las catástrofes, el fervor
religioso se incrementó y la situación de los artistas mejoró notablemente.
Dada la alta mortalidad infantil, Pedro Roldán, que tardó
muchos años en tener un hijo varón, consideró necesario formar artísticamente a
tres de sus hijas, lo mismo hicieron Valdés Leal y Pedro de Mena. En este
ambiente no debe extrañarnos que Luisa Roldán, pese a la oposición de su padre,
se casara con el también escultor Luis Antonio de los Arcos. La vinculación de
Luisa y Luis Antonio con Cádiz, que vivía un tiempo de esplendor, comienza en
1684 momento en el que la familia Roldán mantenía su residencia en Sevilla
aunque cada vez recibía más encargos de la capital gaditana.
En estas circunstancias, Luisa Roldán y su marido donaron la
imagen de la Soledad al monasterio puertorrealeño de la Victoria. En la iglesia del mismo nombre podemos
contemplarla junto a otra obra de Luisa: un san Francisco de Paula de tamaño natural.
La
vinculación afectiva del matrimonio con Puerto Real parece duradera porque
cuando Luis Antonio falleció en 1711 (sobrevivió a su mujer cinco años) dispuso
en su testamento que sus hijos llevaran, a la capilla de Puerto Real a la que
su esposa y él habían donado en 1688 la Virgen de la Soledad, un fragmento del Lignum Crucis que le pertenecía.
Cercanos a Puerto Real, podemos admirar obras de Luisa
Roldán en Cádiz: el Ecce Homo, San Servando y San German todos en la catedral, San Antonio de Padua con el Niño, en la iglesia de Santa Cruz y el San Juan Bautista y San José
con el Niño ambos en la iglesia de San Antonio; además, en Sanlúcar de
Barrameda el San Francisco de Asís del convento de Regina Coeli.
Las escultoras de alto
nivel en España son escasas; ahora, desaparecidos antiguos prejuicios, imagineras como la sevillana Lourdes
Hernández Peña, autora de la Santa
Beatriz de Silva de la catedral de Ceuta, pueden mostrar sus capacidades
artísticas en igualdad de condiciones que sus compañeros escultores. Luisa
Roldán no pudo hacerlo.
Roque Gómez Jaén (Puerto Real)