A la muerte de Stalin, las esperanzas de libertad pronto se
vieron frustradas. La amnistía no se aplicó a muchos prisioneros de los campos
de trabajo, lo que provocó irritación y huelgas. La cara siniestra del
comunismo volvió a manifestarse cuando, en las cuencas carboníferas, los trenes
llevaban pintadas como: “Al diablo con vuestro carbón queremos libertad”.
En
1954 los huelguistas de Kengir (campo de prisioneros), fueron aplastados por
1.700 soldados apoyados por tanques y perros. La cifra oficial de muertos fue
de 47 prisioneros. La enfermera Bershadskaya vio como los tanques aplastaban a
un grupo de mujeres que trataban de bloquear su avance. En el quirófano la
mayoría de los asistidos, moribundos, trataban de pronunciar sus nombres y pedían
se informara a sus familias. Cuando la enfermera se quitó el gorro pudo ver que
el horror provocado por la carnicería, había encanecido su cabello.
Los huelguistas de Kengir perdieron la batalla
pero ganaron la guerra, porque los campos de trabajos forzados se desmantelaron
a una velocidad asombrosa.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)