martes, 25 de agosto de 2020

205 El terror aleatorio

          Hace unos días vi en la televisión pública un documental sobre Lenin en el que participaban historiadores prestigiosos. Para mi sorpresa, en las redes sociales, un buen número de personas mostraban su admiración por Lenin y justificaban el baño de sangre de la época. Es probable que desconocieran que Stalin (admirador y discípulo de Lenin) impulsó el fenómeno conocido como el  “Gran Terror” (1937-38). El tirano y su brazo ejecutor Yezhov, fijaron una cuota mínima de individuos a condenar.
         Según nos cuenta R. Service la NKVD, en sucesivas oleadas, arrestó en torno a un millón y medio de personas de las que la mitad fueron eliminadas. Entre las víctimas, además de las “gentes de antes”, se ejecutó a Bujarin, al mariscal Tujachevski, que manchó con su sangre el papel de su confesión, a intelectuales, miembros del partido, de las fuerzas armadas y de la policía…
Jruschov en 1954, pidió un informe sobre los presos contrarrevolucionarios desde 1921. Las cifras, de las propias autoridades soviéticas, impresionan: 3.777.380 personas de las que 2.369.220 fueron enviadas a los campos de trabajo, 765.180 marcharon al destierro y 642.980 fueron ejecutadas. ¿Se puede admirar a alguien de este régimen?

                                             Roque Gómez Jaén (Puerto Real)

martes, 18 de agosto de 2020

204 El precio de la libertad

En pleno siglo XXI algunos políticos españoles se muestran orgullosos de los logros del comunismo. Sin embargo nadie, en público, se muestra satisfecho del pasado nazi. Ambas ideologías totalitarias, en mi opinión, deben ser rechazadas.
         A la muerte de Stalin, las esperanzas de libertad pronto se vieron frustradas. La amnistía no se aplicó a muchos prisioneros de los campos de trabajo, lo que provocó irritación y huelgas. La cara siniestra del comunismo volvió a manifestarse cuando, en las cuencas carboníferas, los trenes llevaban pintadas como: “Al diablo con vuestro carbón queremos libertad”.
En 1954 los huelguistas de Kengir (campo de prisioneros), fueron aplastados por 1.700 soldados apoyados por tanques y perros. La cifra oficial de muertos fue de 47 prisioneros. La enfermera Bershadskaya vio como los tanques aplastaban a un grupo de mujeres que trataban de bloquear su avance. En el quirófano la mayoría de los asistidos, moribundos, trataban de pronunciar sus nombres y pedían se informara a sus familias. Cuando la enfermera se quitó el gorro pudo ver que el horror provocado por la carnicería, había encanecido su cabello.
 Los huelguistas de Kengir perdieron la batalla pero ganaron la guerra, porque los campos de trabajos forzados se desmantelaron a una velocidad asombrosa.


                           Roque Gómez Jaén (Puerto Real)

domingo, 9 de agosto de 2020

203 Todo por la patria

             Últimamente se ha propuesto suprimir de las fachadas de los cuarteles el lema que nombra esta Carta, porque lo vinculan con el franquismo. En mis paseos infantiles por Cádiz, pronto descubrí la expresión que ahora molesta. En mi inocencia, la entendí como un ofrecimiento de nuestros soldados; dispuestos a sacrificarse por el honor y la defensa de nuestro país. Compromiso que aún hoy les vincula. El texto también lo quiso retirar un ministro que justificaba a su padre porque era “falangista de los buenos”; el lema, por lo visto, era de los malos.
         En mis visitas, numerosas, al muelle, pronto asocié dicho lema con otro del destructor Churruca donde, creo recordar, se expresaba: “Si oyes decir que mi barco ha sido hundido di que he muerto” y, en efecto, Churruca murió derrotado pero con el honor intacto. Así lo entendieron sus vencedores.
         Del texto lo que realmente les molesta es la palabra patria. Casualmente, he podido encontrar que la NKVD (órgano de la seguridad del Estado soviético), en sus giras de música y danza por los campos de prisioneros, utilizaba un programa de diez actos, en el que figuraban: “La canción de la madre patria”; “La lucha por la patria” y “Todo por la patria”. Los comunistas mencionados no tenían empacho en llamar a las cosas por su nombre, incluso ante un auditorio nada entusiasmado.

                                                  Roque Gómez Jaén (Puerto Real)