He visto la película de 2.008: El desafío: Frost contra Nixon, que trata sobre las cuatro
entrevistas que un presentador de televisión hizo al presidente americano tras su
dimisión. La película me parece muy buena y la interpretación Frank Langella,
en el papel de Nixon, extraordinaria.
El caso Watergate, que
acabó con la carrera política del presidente Nixón, sobrevuela durante toda la
película y, en este contexto, me han impactado dos momentos: El primero, por su
ejemplaridad, cuando al comenzar se recoge como el Tribunal Supremo de los
Estados Unidos ordena al presidente Nixon que entregue las cintas grabadas y la
orden, en un claro ejemplo de la separación de poderes, fue cumplida.
El segundo, finalizando la película, cuando el
entrevistador que no se consideraba periodista, logró lo que ninguno de los
poderes había conseguido: Nixon mostró su arrepentimiento y aceptó no haber estado
a la altura cuando encubrió los hechos; admitió, igualmente, que había defraudado
a todos y, sobre todo, al sistema de gobierno americano y; finalmente,
reconoció que sus errores serían una carga a soportar el resto de su vida
Esta confesión y sus consecuencias, la consiguieron un
cómico voluntarioso y el uso del primer plano que, en las entrevistas, consigue
que ideas muy complejas se simplifiquen y que el espectador capte la tremenda
soledad de Nixon (hombre resentido y atormentado). Si se comparan los momentos
que cito en la película y las imágenes reales, se advierte algo de exceso
interpretativo pero sin menoscabo de la veracidad.
Podríamos preguntarnos, viendo el rostro de Nixon, si nos
encontramos ante un nuevo poder ejercido por presentadores y productores de
cine o televisión que, ya entonces, comenzaban a ejercerlo mediante la
selección de imágenes del rostro de un político. Podríamos estar, en mi
opinión, ante un quinto poder.
Roque Gómez Jaén (Puerto
Real)