Cuando
era joven, un profesor nos explicaba que los orificios de salida en los
inyectores de los motores diésel eran tan diminutos que sólo las mujeres podían
hacerlos con la precisión debida. Lo he recordado, al leer un artículo de Tomás
de la Vega titulado: “La mujer como obrera del taller” en el Diario de 15 de mayo de 1917.
El
autor comenta que durante la I Guerra Mundial las mujeres inglesas utilizaban
todo tipo de herramientas en las fábricas metalúrgicas; trabajaban diez horas
diarias; llegaban juntas y alegres al trabajo; ni fumaban ni bebían y, dentro
del taller, imperaba la mayor seriedad. No hay más que operarios.
Las
mujeres, para evitar mancharse de aceite, se inventaron un guante que protege
la palma de la mano; utilizan un traje de una pieza que cubre desde el cuello
al pie; se ensucian menos que los hombres, se protegen los ojos y, sin cubrirse
el cabello, procuran no despeinarse; para ello, disponen de un espejo en cada
máquina.
Las
operarias entre 20 y 28 años son destinadas a los trabajos de precisión y, todo ello, con un cuidado
admirable porque le dan gran importancia a lo que hacen. Cuando inician su
aprendizaje, no dudan en solicitar ayuda y, si cometen un error, imploran
indulgencia al capataz. Comenta el autor que muchas llevan sus hijos a asilos
donde no les falta de nada.
Finaliza
el autor afirmando que todavía ganan
menos que el obrero pero eso se acabará porque valen para el trabajo tanto como
el hombre y hay que pagarles.
Ha
pasado más de un siglo, y las trabajadoras españolas no tienen facilidad para
encontrar escuelas infantiles de calidad a un precio razonable. Sin embargo, el nivel
salarial en la mayor parte de las grandes empresas y en la función pública, es
exactamente el mismo que el del hombre. Las cualidades que describe el autor de
las mujeres inglesas también son compartidas por las españolas donde incluyo,
por supuesto, a las amas de casa.
Roque
Gómez Jaén (Puerto Real)